Buenas gente, vaya tiempo sin vernos jeje xD
Hoy quise traerles un relato que no es mío ni tampoco de algún otro otro blog, entre las historias que suelo leer me encuentro con cosas curiosas, a veces cuentos de fantasía y algunos de terror, en este caso llegue a para a un relato que a mi parecer les interesara un poco. Esta historia habla un poco sobre el cambio de cuerpo pero no de la forma convencional a la que estamos acostumbrados, es algo mucho mas terrorífico y menos "sexi" ¿xD? si es que se le puede llamar asi jaja. Mostrare el primer capitulo ahora, si les interesa saber que sigue les publicare el resto en la siguiente entrada. Les traigo entonces "La cosa del umbral" de H. P. Lovecraft
Admito que he disparado seis balas
la cabeza de mi mejor amigo. Ahora bien, pese a esta confesión, me propongo
demostrar que no puedo considerarme un asesino. Muchos dirán que estoy loco tal
vez bastante más loco que el hombre a quien di muerte en una de las celdas del
manicomio de Arkham. Confió en que mis lectores juzguen los elementos que iré
relatando, los contrapongan con las evidencias conocidas y lleguen a
preguntarse si alguien podría haber tenido una conducta distinta a la mía
frente a un horror como el que debí experimentar, ante aquel ser en el umbral.
Hasta cierto momento, muy al
comienzo, no alcancé a ver más que locura en las singulares historias que
paulatinamente me fueron envolviendo. Aún hoy me pregunto si mi percepción era
la correcta o si a pesar de mi convicción, también yo no estaré extraviado en
la demencia. No puedo saberlo a ciencia cierta; sin embargo existen otros que
pueden contar, sí quieren, cosas muy extrañas acerca de Edward y Asenath Derby.
Ni siquiera los pragmáticos policías saben cómo explicar aquella visita final
cuya memoria tratan de abandonar. Rutinariamente han elaborado la endeble
teoría de un terrible escarnio o venganza de unos criados despedidos, pero aun
ellos saben en su fuero íntimo que la verdad es más vasta, terrible y casi
increíble. Como decía, afirmo que no soy el asesino de Edward Derby. Por el
contrario: he sido un vengador y con mi acto ahorré al mundo un horror que, si
sobreviviera, podría haber causado una insospechable devastación en toda la
humanidad. Junto a nuestros rutinarios senderos cotidianos existen regiones de
sombras; de tanto en tanto algún alma maligna avanza desde ellos hacia
nosotros. Si alguien advierte esa incursión tiene la obligación moral de
aniquilarla sin piedad sí no quiere exponerse a pagar un inmenso y terrible
precio. Edward Pickman Derby era alguien a quien conocía de toda la vida. Si
bien ocho años menor que yo, lo cierto era que cuando yo tenía dieciséis, ya
manteníamos muchos intereses en común. Nunca he conocido a un estudiante más
genial que él: a los siete era ya un consumado poeta de versos lóbregos,
fantásticos, morbosos, que causaban el asombro de sus preceptores. Tal vez la
razón de su precocidad deba buscarse en la esmerada educación privada que
recibió desde muy temprano y en los excesivos mimos que colmaron su existencia.
Fue hijo único, con fragilidades físicas que fueron desvelo de sus amantísimos
padres, quienes no dejaban que en ningún momento estuviera fuera del alcance de
la vista y de sus excedidos cuidados. Nunca nadie lo vio fuera de su casa sin
estar flanqueado por su niñera y podría decirse que jamás llegó a jugar
libremente con los demás niños. Todos estos factores operaron sin duda alguna
forjando en el joven Derby una vida interior peculiar, reservada, reprimida,
con una sola vía de escape: la imaginación.
Consecuentemente, sus estudios lo
revelaron como un joven sorprendente, de noble capacidad, y su pasión por
escribir me maravilló desde un comienzo, pese a que lo aventajaba en casi diez
años. Por esa época yo mismo estaba atraído por singulares inclinaciones
artísticas hacía lo grotesco, característica que me hizo encontrar en aquel
joven un espíritu gemelo. Compartíamos un mismo entusiasmo por lo
tenebroso y lo fantástico, pasión que descargábamos
inicialmente en la antigua, decrépita y ciertamente amenazante ciudad en la que
ambos vivíamos: la encantada y mágica Arkham, cuyos arracimados y desvencijados
tejados de tipo holandés y desbastadas balaustradas georgianas desgranaban el
paso del tiempo junto a las márgenes de las sibilantes y negras aguas del río
Miskatonic.
Con el correr del tiempo, terminé
por decidirme a seguir estudios de arquitectura y archivé el proyecto de
ilustrar un libro con los siniestros poemas de Edward, sin que ese renunciamiento
significara la menor mella para nuestra amistad. El exuberante talento del
joven Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de sus primeros tiempos
y apenas cumplidos los dieciocho años, una recopilación de sus oníricos poemas,
titulada Azathoth
and Others Horrors, provocó una encrespada reacción entre la
crítica. Por entonces mantenía una estrecha correspondencia con el famoso poeta
baudelairiano Justín Geoffrey, el autor de The People of the Monolith, el
mismo que murió en medio de alaridos en 1926 en un manicomio, tras visitar un
ominoso poblado de Hungría cuya memoria es mejor no conservar.
Sin embargo, en materia de
autoestima y resolución de cuestiones prácticas, la mimada existencia a que
había sido acostumbrado convertía a Edward en un verdadero desastre. Al cabo
del tiempo, su salud fue mejorando; todo lo contrario ocurrió con sus
costumbres de dependencia infantil inculcadas por padres extraordinariamente
sobreprotectores. Era natural entonces que de mayor mostrara una exasperante incapacidad
para cuestiones tales como viajar solo, tomar decisiones o asumir
responsabilidades. Rápidamente advirtió que sin duda su futuro no estaba en el
campo de los negocios o en el profesional pero ni él ni la familia se
preocuparon demasiado puesto que el patrimonio familiar era lo suficientemente
cuantioso como para demorarse siquiera en estas preocupaciones. En plena
madurez conservaba el mismo aspecto de rozagante y engañosa juventud de sus
tiempos de estudiante. Rubio, de ojos azules, con el cutis de un niño; sólo
después de muchos sacrificios lograba que los demás reparasen en sus intentos
de dejarse el bigote. Su voz era suave y nítida; la tranquila vida que llevaba
le permitía conservar un saludable y estilizado aspecto juvenil desestimando
‘la proverbial panza que delataba casi siempre una madurez prematura. Tenía una
estatura conveniente y sus hermosas facciones le habrían permitido ser un
cotizado galán sí su timidez no hubiese representado una infranqueable barrera
para tales frivolidades que en él siempre eran conjuradas con una prudente
reclusión en el mundo de los libros.
Sus padres lo llevaban a Europa
todos los veranos, por lo que no demoró demasiado en captar con perspicacia los
rasgos más nítidos del pensamiento y la expresión artística del viejo
continente. Paralelamente, su talento, de extracción claramente asociable a
Poe, fue degradándose mientras Otros fantasmas e inclinaciones artísticas iban
naciendo en él. Era el tiempo en que nos sumíamos en interminables discusiones.
Por entonces yo ya había conseguido licenciarme en Harvard, había trabajado en
un estudio de arquitecto en Boston, había contraído enlace y había regresado a
Arkham a ejercer la profesión. Me había instalado en la casa familiar de
Saltonstalí Street, ya que mi padre decidió trasladarse a Florida debido a su
salud. Todas las tardes recibía la visita de Edward, con lo que en poco tiempo
fue considerado como un familiar más de la casa. Era inconfundible su manera de
tocar el timbre o de golpear en el llamador, características que con el tiempo
acabaron convirtiéndose en contraseña. Así, todos nos preparábamos después de
la cena para escuchar los tres golpes secos que, luego de una pausa, eran
acompañados de otros igualmente secos. La frecuencia con que yo iba a su casa era
mucho menor, donde me entretenía en admirar los antiguos volúmenes que con
ritmo sostenido acrecentaba su biblioteca.
Derby obtuvo su licenciatura en la
Universidad de Miskatonic; era natural que así fuese ya que sus padres no le
habrían dejado vivir por nada del mundo fuera del alcance de sus cuidados
personales. Llegó a la Universidad a los dieciséis años y tres años después ya
era licenciado en literatura francesa e inglesa, con las mejores notas en todas
las materias, excepto en matemáticas y ciencias. Hizo escasas y nulas amistades
con los demás estudiantes, por más que fue perceptible una cierta admiración
por ese grupo de jóvenes a los que cabria denominar “audaces”, “bohemios”,
“vanguardistas”, cuyas costumbres iconoclastas, lenguaje ingenioso y poses
irritantes le habría gustado imitar.
El tránsito por esas regiones literarias lo empujó hacia los rincones esotéricos y mágicos, saberes sobre los que la biblioteca de Miskatonic contaba, y aún cuenta, con volúmenes de una riqueza que la han hecho justamente famosa. Se convirtió en un voraz especialista en estos temas. A espaldas de sus padres, se entregaba a consumir cosas tales como el horrible, Book of Echínoderm, el Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt y el ancestral Necronomicón del enajenado árabe Abdul Alhazred. Edward contaba con veinte años cuando nació mi primer y único hijo, y pareció muy complacido al saber que le pondría de nombre Edward Derby Upton como homenaje a él.
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Universiadad de Miskatonic - Arkham |
Cumplidos los veinticinco
años, Edward era hombre afamado por su inmensa cultura, poeta y narrador de
relatos muy conocidos entre el público, pero no obstante en su obra aparecía
con claridad la carencia de relaciones humanas y el
exceso de formación puramente libresca que aquejaba a su autor. Sin duda, yo
era su amigo más cercano. El me proporcionaba una cantera inagotable de tópicos
teóricos. Por su parte, él buscaba mí opinión sobre los temas que no quería
consultar con sus padres. Continuaba soltero, aunque cabe señalar que más por
timidez, negligencia y sobreprotección paterna que por genuina opción al
celibato. Al desatarse la guerra, su mala salud y los rasgos más ostensibles de
su personalidad determinaron que se quedara en casa. Mi destino inicial fue
Plattsburg, aunque en los hechos nunca llegué a cruzar el Atlántico.
Así transcurrió el tiempo. Cuando
Edward tenía treinta y cuatro años, falleció su madre, hecho que lo sumió en
una suerte de bloqueo psicológico que le produjo una inactividad total. Su
padre se lo llevó de nuevo a Europa, donde logró reponerse de la enfermedad en
forma aparentemente total. Poco después se sintió asaltado por una extraña
euforia, como si se hubiera liberado de un opresivo cautiverio. Fueron los
tiempos en que se le veía siempre junto al grupo de estudiantes a los que se
consideraba “vanguardistas” y tomó parte en ciertos actos de gran turbulencia.
Cierta vez fue objeto de un
chantaje y debió pagar -con dinero que le presté yo- una crecida suma para que
alguien no contara al padre su intervención en un asunto por cierto turbio. Los
rumores que circulaban sobre la violenta banda de Miskatonic eran realmente
alarmantes. Se llegó a hablar de magia negra y de ejecución de actos que
estaban más allá de todo lo sensatamente creíble.
Continuala uwu
ResponderBorrarSe ve buena jaja seria interesante leer más
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