miércoles, 26 de julio de 2023

El desierto oscuro (Relato sin BodySwap)

Este relato es algo viejo :b paso un rato para que me animara a publicarlo pero creo que después de editarlo un poco pude darle un sentido mas acorde a la idea que tenia, lo dejare por aquí y me alejare lentamente...


Recuerdo la oscuridad del cielo recorriendo la noche <<las estrellas abrazándola>>, eran comunes de ver en el lugar de donde venia; y alrededor de ellas —siempre había oscuridad—. Recuerdo a la enorme luna mirando desde el cielo. Tan grande. Esa última vez que la vi, no lo era tanto como ahora. Dos inmensos planetas me vigilan —observan mis movimientos— a través de de la arena, viéndome caminar lento, tanto y tanto.

Abre despertado de un sueño en el que creí ser un hombre. Un alma vacía en ese horizonte inalcanzable, inacabado para muchos; un sinsentido absurdo que todos viven a diario. Desperté de ese sueño; de esa rutina que viví como todos, ese común denominador, ese hoyo, ese fin absoluto de la historia en que parecía que nada mas podría venir ya, dejado de lado como una absurda conclusión y dejado de lado junto a la marea vacía de mi mente.

Desperté como de un sueño. En un mundo que no abre visto, un mundo que no entendía.

No estaba desnudo ni descubierto, me cubría de mi vergüenza tapándome con una tibia tela de una curiosa seda que me dejaba al aire; dejaba al despecho todo mi cuerpo y podía ver por encima de ella. La luz de la luna me iluminaba enseñándome mi desnudez, cálida y sincera. Mire al cielo y había oscuridad rodeada de estrellas. Dos planetas me vigilaban observándome, uno de ellos me mentía sin despecho, mostrándose como la luna, tan fría y hermosa ante mis ojos, ambos como imponentes dioses. El mundo en el que estaba, el que aparentaba, no juzgaba ni parecía ser, solamente era, dejándome tirado entre la arena oscura, brillante, pero solo por la luz que el cielo mostraba, una sombra gigante de algo que parecía más grande que yo me veía, lo primero que parecía ser. Mis dedos posándose sobre la oscuridad de mis pies y en mi espalda que reposaba, solamente arena fría, igual al viento que sentía, la tome y esta resbalo por mis dedos, las llenas me rosaban como fuego al carbón y tiñéndome de un oscuro tan profundo parecía que el vacio consumía mis manos.

Me levante apenas, era poco lo que entendía, pero estaba ahí, sintiendo —viviendo más bien— siendo aun por mi propia voluntad un momento consecuente; no, un momento no, más bien una consecuencia de mí mismo, en soledad confusa; era solamente oscuridad.  En donde estaba lo único que veía era por la luz azul que la otra luna reflejaba, estaba solo, no había nadie ni nada, apenas un enorme lugar, lleno de arena que no era, solo oscura y frívola, alcanzaba a mirar el horizonte, y no era más que negrura.

 

Espere entonces sin más que hacer, pensé que algo pasaría, pensé que alguien llegaría y con un llamado me llevaría de la mano por el horizonte a algún lugar más allá de mi entender, espere entonces —pero no había nada que esperar— pero ahí estuve. No supe cuanto, el tiempo “era” entonces sin “ser”, pasaba diferente ha como lo entendía, todo sucedida pero no lo hacía, solamente me ocurría frente a mí.

Me levante

Harto de la idea, roto por mis esperanzas destrozadas y abatidas. Camine, fui buscando el lugar que esa arena ocultaba para mi, y camine con esa idea en mi cabeza rebotando una y otra vez, esforzándose demasiado en no desaparecer. La arena en mis pies vacios me quemaba como ninguna, pero no me importaba (incluso ahora); con el tiempo comencé a disfrutarlo; con el tiempo. Más bien con mis pasos, todo fue tornándose diferente.

Ahora entonces, que todo ha sucedido ¿es qué puedo contar de mi absurda historia? esta mi monótona travesía, viajando sin sentido y propósito.

Pues ya no hay más que contar.

He hablado de mi llegada a los horizontes hartos de arena oscura y de mis deseos de aventura, todo es amargo y duro, pero más allá, solo encontré arena y sombras, monstruos personales y soledad abrumadora, me encantaría poder describir lo que viví, mi mundo, ahora siendo esto, atrapado en mi realidad luego de un largo sueño, me encantaría, sinceramente, poder describir la belleza de este lugar, que con cada segundo me esfuerzo en ver, aun que solo sea eso lo que encuentro, arena oscura y frívola, ardiente entre mis dedos, aterradora, pero no soy quien contara la historia que viviré.

Aterrado a veces miro hacia al cielo buscando algo, pero tal vez tan solo sea mi ansiedad por encontrar. Estoy desesperado en un mundo sin cordura, sin razones de ser, y a pesar, dentro de todo; dentro de esta soledad pareciera haber algo que me encanta de ella, a pesar de que es un monstruo para mí.

Y entre esto, entre el ser y el dónde, lo que ahora sucede y en donde me encuentro ahora, todo se ha convertido en mi hogar, pues goza mi alma como ninguna, embriagada con veneno, veneno que carcome su sentir como lepra para las emociones, igual de adictiva que la más sincera de las pasiones, tan bella como la más hermosa de las mujeres. Aun viendo a esa negrura aterradora, como una inmensa criatura se atreva a desafiarme, tan gigante, con enormes tenazas y pequeños ojos, de piel porosa y dura como el acero, que me tome y me destripe, que pueda saciar tan terrible sensación, que me destruye a pedazos y termine con mi vida, si es que algún día que se atreve a rondar estos mares de oscuridad y caiga en la misma desesperación que ahora yo sufro, envuelto en muerte, no de la carne, sino de la mente. Pero esto nunca pasara, ni siquiera soy algo que pueda imaginar un así, encerrado en mi propio infierno sin nada más que solo caminar. Pero no importa que tanto ronde entre mis alucinaciones y fantasías, jamás habrá ningún sentido, solo abandone una esperanza que me torturaba mientras que mi alma creía soñar, seguramente, solo siendo una posibilidad, puede que tal vez aun no haya despertado del sueño, tal vez aun sea un hombre que quiso soñar en soledad, en un desierto negro sin nada de dolor ni sufrir, pero estaba equivocado ¡pobre hombre el que soñó conmigo! olvido que las ideas no crecen en las estrellas. Ahora soy capaz de verlo, entenderlo, ahora tan solo soy una memoria, recuerdos de algo mas, navegante sin rumbo que no para de andar en un desierto desafortunado. no importa ya. Ahora caigo en mis piernas que —tan frágiles como yo— caen derrotadas por la agonía de existir.









lunes, 3 de julio de 2023

Curioso caso de dos mentes perdidas (Relato Body swap, Anuncio)

Hace poco había publicado una historia junto a un anuncio… dije que pronto subiría un relato con body swap y pues, creo que 2 años aun siguen pareciendo pronto para algunos. Nah para nada, sinceramente pase por mucho durante este tiempo, entre estas cosas puedo decir que me costo bastante poder escribir algo que me convenciera realmente como un cuento que de verdad me gustara, sinceramente creo que fue mejor así, tuve algunos borradores que no solo no me gustaban… me parecían un poco cliché y al menos desde que me empecé a tomar enserio la escritura decidí que no quería eso para lo que escribía, digo, realmente no me disgustan estas historias que son solo un tipo poseyendo a alguien y terminando con desenlaces sexuales, pero yo quería algo mas para mis historias. Sinceramente si tuve algunas cosas para publicar durante este tiempo, pero me sentía mal al haber prometido un cuento de body swap y no traer nada durante tanto tiempo. Como sea, al final me pude iluminar y termine al fin este relato que me costó tanto traer, incluso después de un bloqueo artístico tan horrendo como el que eh vivido el ultimo año... añadiendo el hecho de que finalmente pude entrar a una universidad y ahora ya no dispongo del tiempo de antes.

Como se aquí está el cuento y pienso seguir escribiendo, probablemente también cambie la dirección de URL que tiene el blog, cuando estaba en secundaria lo hice como una broma, pero ahora me da un poco de pena tenerlo jaja, en fin, intentare seguir escribiendo seguido, tal vez hasta otros cuentos de body swap, aun que tal vez tarden un poco. Un poco para mí mismo me gustaría innovar en el género así que por eso sea que tarde en escribirlos, al menos las ideas aun las tengo, así que tarde o temprano tendrán también relatos de body swap, aunque también habrá otros variados, tal vez hasta recomendaciones o no sé, ya veré con el tiempo… en fin, para terminar, supongo que reviví de entre los muertos y ahora espero poder escribir seguido, eso sí, no esperen publicaciones diarias o semanales, si algo eh aprendido con el tiempo es que las buenas historias requieren tiempo y mucha paciencia, leyendo otros blogs me di cuenta que hubo algunas peleas entre la comunidad pero meh, al final creo que solo fue cosa de personas que les gusta picar crestas para molestar a otros :b. les agradezco a los que hayan leído esto y los dejo con el cuento XD tenia que decir esto antes de volver a publicar.

Pd. Estaba pensando en hacer comisiones para con los relatos, si les interesa pueden comentarlo o mandar un mensaje, me interesaría saber su opinión sobre eso :b




Deje de pensar por un rato aquella noche, mis ojos se cerraron y mi cuerpo estaba agotado. Solo fue por un rato. No tuve ningún sueño, tampoco recordé nada que ocurriera en la noche, tan solo abrí mis ojos. Miraba el techo tan de pronto que parecía un sueño, cada que cerraba mis ojos podía ver mis parpados; tan consiente en ese momento. Tal vez solo me parecía similar; pero no estaba ahí, no me reconocí a mí mismo, era como tener un sueño profundo, me parecía diferente, recordaba que había puesto una lámpara de alado de mi cama y otra enfrente mío, luces que se encenderían cuando diera la hora de trabajar, todo al tiempo en que sonaba la alarma, pero la alarma no había sonado, tampoco las luces se habían encendido. Alado mío una ventana me iluminaba por el sol, los rayos me golpeaban el rostro y me hacían sentir una extraña sensación en mi piel. No comprendía lo que pasaba, me sentía como enfermo; más débil de lo normal… —por describirlo de una manera— aun que, también me sentía con energía, quería saltar de esa cama y correr toda una cuadra hasta alcanzar mi meta diaria, como si fuera una especie de rutina… no me parecía que era algo que yo haría. Me levanté alarmado cuando mi teléfono sonó; no me reconocía al moverme, mi cabello era largo y lacio… no me incomodaba para nada, me mantuve un momento mientras pensaba en mi mismo al tiempo en el que me miraba en un espejo que no había, estaba ahí, viéndome, si acaso “¿era yo?”. Pensé en mis sentidos, me desconocían, cada parte de mi cuerpo deslumbraba un aire extraño y deslumbrante al que no estaba acostumbrado.

Me inquieté de repente, seguí mirando mi rostro mientras acercaba mis dedos para rosar mi piel, mi rostro era frágil y limpio, nada propio de mi. Era difícil de describirlo, pero; era tan diferente. Mire hacia abajo, había un par de bultos que no recordaba, acerque mis manos para tocarlos, lo hacía con delicadeza, me sentía como un invasor, no sabía por qué. Voltee al espejo de nuevo, esos ojos tan grandes mirándome me hacían sentir culpa sin entenderla, no me sentía yo, sabía que estaba ahí, que era yo la que veía, pero era sin ser, extraña en mi misma.

Me acerque más al espejo, quería verme mejor, pensaba en la noche anterior, un tipo extraño en esa fiesta había intentado hablarme, no parecía tan malo… no estaba en mis cinco sentidos, talvez, incluso creo… que podría equivocarme al pensar en ese tipo como alguien guapo, no lo sé exactamente, estaba segura de que me había drogado, no parecía tan malo… pero, no. Seguramente me había tomado. Solo recuerdo haber llegado en la madrugada. El haberme recostado. Luego llorar hasta dormir.  Pero parecía difuso… no creo que fuera real. Volví a ver mi reflejo en el espejo, era yo, pero sin serlo, mis memorias no parecían ser las mías, comencé a llorar de nuevo. Me estaba mirando a mi misma pero no estaba ahí, no era yo. Tome el tocador desde atrás con todas mis fuerzas y lo arroje al suelo. Me sentía tan débil. Los vidrios rotos alrededor de suelo, la madera rota por su propio peso. Tome mi cabello jalándolo con fuerza, estaba desesperada, ansiosa, tan enérgica y confundida. Corrí al baño saltando los cristales rojos en el suelo… y todas esas astillas sueltas de ese mueble, apenas si podía pasar.

En el baño volví a verme en el espejo, el tocador estaba frente a la puerta. Primero estaba esa imagen, ese rostro de frágil porcelana enfrente mío, tan desconocido para mí. Me acerque un poco más, era yo.

Me mire, estaba harta de verme, me quite el camisón que traía puesto y casi desnuda, parecía extrañamente familiar esa imagen, no tenia sostén, solamente una tanga rosa. Sostuve mis pechos mientras me veía enfrente de ese espejo, me sentía linda viéndome tan al descubierto, la figura que me recorría, como las curvas de una serpiente al enrollarse a sí misma. Pase mis manos por todo mi cuerpo, baje desde mis pechos hasta mis largas piernas, si acaso parecía un sueño, en mi mente era real.

Mis manos me tomaron como si fueran ajenas y cada parte de mi cuerpo me parecía nueva. Me acerque a la ducha que estaba a mi derecha, abrí el agua caliente y comencé a bañarme, el agua recorriendo mi cuerpo parecía nueva, tan diferente a lo que recordaba, mis dedos rosaban mis labios intentando morderlos, mi otra mano toca mi clítoris, jugaba con él mientras gemía con el roce mis yemas, una y otra vez, no dejaba de hacerlo, mis piernas se vencían mientras pensaba en mi misma, esa idea se plantaba en mi cabeza con cada gemido, y esa pregunta no se iba “¿Quién soy?”; conocía ambos nombres, pero ninguno era mío, no era ninguna de esa dos personas, era como una sombra de aquello que parecía era. Me detuve un momento. Un poco antes del clímax, sabía que era mi límite, pero no llegue ahí. Cerré ambas llaves y de paso mis piernas. No podía dejar de pensar ahora mismo en esa pregunta, podría afirmar sobre mi misma pero seguramente no llegaría a nada.

Salí de la ducha, tomé mi bata y fui de nuevo hasta la cama. Me subí en ella y me senté abrazando mis piernas, seguramente nadie sabría la diferencia entre yo y mi antiguo yo, pero tampoco estaba segura de por qué era así, ella estaba en mi cabeza, el también. Pensé en mi misma, sabía que no existía alguien antes de esto a quien pueda llamar yo, abrace con más fuerza mis piernas, me ofusque con mis propios pensamientos, la idea me estaba superando.

Abrí mi cajón para poder ver las cosas que ahí guardaba. Había una libreta que estaba llena de dibujos y algunas cosas extrañas, las recordaba, había una fecha que se marcaba mas entre todas las paginas, sabía que había pasado en ella, no me ayudaba mucho a diferenciarme de ella, incluso podría decir que me parecía más difícil llamarme por su nombre. Lance el diario a la misma pared en donde estaba el tocador, luego patee el buró junto a mi cama, cayo en seco, el ruido resonó en toda la habitación; el departamento era pequeño, alguien seguramente debió de oír el desastre. Suspire pensando en que alguien vendría buscando respuestas, me sentía frustrada por tener que lidiar con ellos por algo tan absurdo, seguro que alguien sabría lo que estaría pasando. Me levante de la cama camino a la ventana, mire hacia ella creyendo que el cielo me daría la respuesta ¿si acaso al hombre que se le ocurrió esta broma pensaría en las consecuencias de sus actos? ¿También pensó en la persona que nacería de esto?, no entendía la razón, recordaba todo mientras veía el cielo, no estaba limpia, el tampoco era un santo, podría pensar en que ambos me hacen víctima de sus pensamientos, pero no era culpa de ninguno de los dos, tan solo era una consecuencia de sus traumas, de sus pensamientos y de sus memorias, era un error.

Deje caer la bata y mis pechos quedaron al aire, mirando conmigo al cielo, no tenía sentido, yo no tenía sentido, me acerque demasiado a la orilla del palco, mire hacia abajo. No estaba tan alto. Suspire y pensé que tan rápido podría caer.

Henri Matisse-- Mujer en la ventana
Henri Matisse-- Mujer en la ventana





lunes, 11 de octubre de 2021

En la arena de babel (Reato sin body swap, anuncio)


 En medio de un inmenso desierto, una horda de hombres avanzaba en manada, caminando por la pálida y extensa arena.
Cien hombres y cien mujeres avanzaban a través del desierto, caminando sin descanso.
Mientras del otro lado del mismo desierto otros avanzaban junto a sus hermanos, dirigiéndose hacia ellos, cien hombres o quizás más. Y uno de ellos, el más fornido e inmenso iba frente a todos, quien avanzaba tan rápido como cada uno de sus hombres, todos ellos portaban un arma, espadas, lanzas, bastones largos y algunos incluso, algunos de ellos tenían armaduras de cuero que les cubría y el hombre que iba frente a ellos también portaba una, igual que sus soldados.
Frente a la primera horda de hombres iba un rey, no portaba corona ni nada de oro que mostrara su fuerza, solo era él quien los guiaba, mirando enfrente sin detenerse.
En el vasto desierto, la arena que los separaba a cada pie que caminaban se hacía menos e inevitablemente ambas hordas se encontraron, todos se detuvieron y cuando ambos hombres de enfrente se vieron, ellos hablaron.
                — Te veo aquí y ahora, rey sin pueblo, avanzas ahora desprotegido y sin lugar al que ir o al que volver, sin rumbo y sin patria, deseando encontrar el paraíso que por tanto tu gente a creído, pero a pesar de las desgracias que han pasado tu gente no se rinde, ni tu tampoco. Tan solo mira atrás tuyo rey sin reino ¿que no vez lo que ahora sufre tu gente? Caminan sin un rastro y sin un verdadero rey al que servir. Piensa en tu gente cuando te hablo y junto a mi te daré un lugar, sentado a mi derecha estarás a salvo, tú y tu gente terminaran con sus desgracias y verán un brillante atardecer.
El rey frente al gran hombre poso firme y con el pecho afuera, saco una navaja de algún bolsillo que guardaba y con esta apunto al cielo.
                — Yo, Nkidu, Pastor del pueblo que no se detiene te habla a ti, rey guerrero. Mi pueblo y yo seguiremos avanzando, nosotros por ser el pueblo que no se detiene porque lo que buscamos es más grande de lo que a ti o cualquiera de ustedes les parece, porque nuestro propósito prevalece sobre lo que a nosotros nos concierne. Y tú sabrás y entenderás que nuestras victorias aun que difíciles de alcanzar parecen no es el fruto que nosotros degustaremos, será un reino que nuestros hijos puedan engrandecer y con el por fin poder tener esa paz que a sus padres les fue negadas. Por esto te pido ahora rey guerreo, que te apartes del camino, porque mi pueblo no se detendrá y si alguno se cae el de atrás no se detendrá por que el paraíso sigue ahí esperando nuestra llegada.
Al terminar el rey sin pueblo bajo su cuchillo y lo enterró en el suelo, luego de eso extendió su mano al rey guerrero ofreciéndole la paz. El rey guerrero levanto su espada al sol y de la misma forma la enterró en el suelo. Luego extendió la mano a su semejante pero él no cedió ante la paz.
                — Tu pueblo ah sido el centro de burlas y humillaciones, ha caído en infortunios y dolores, malestares desmedidos de los cuales cualquier otro pueblo hubiera cedido. No entiendo sus razones y ahora que las eh escuchado me parecen lamentables, no entiendo lo que buscan y su paraíso está más lejos de lo que parece, por que se que afuera no hay otra cosa que arena e incertidumbre. Yo soy generoso, les extiendo la mano y les doy mi caridad, les ofrezco mi reino y mi ciudad ¡para que tú poblar y el mío se regocije en una gloria que nos pertenecerá a todos!
Y el rey sin pueblo soltó su mano y recogió su cuchillo de la arena, luego lo guardo en su bolsillo.
                — De ser así te pido entonces que te apartes de nuestro camino, el resto dependerá de nosotros como siempre lo fue.
El rey guerrero recogió su espada del suelo y le apunto al rey sin pueblo.
                — Tus exigencias no me parecen coherentes, ahora mismo mi pueblo se dirige a la guerra y por mera fortuna me encuentro con tu pueblo que también ha sido víctima de las burlas que otros se han atrevido a lanzar contra los míos, marginados y vagabundos albergo y ahora que tenemos la fuerza de los dioses, nosotros, el pueblo que ha sido abandonado tomara por su cuenta lo que se les fue negado, juntos nosotros conquistaremos el mundo y si tu pueblo se nos uniera seriamos invencibles, por eso te extiendo la mano, oh rey sin pueblo, porque ambos conocemos las desgracias de la naturaleza humana, por eso mismo levanto ahora mi corazón ante dios y de rodillas te pido, oh rey sin pueblo, que juntos tomemos lo que nos pertenece para que así al fin seamos dueños de nuestro propio destino.
Y el inmenso guerrero se postro ante el rey sin pueblo y de rodillas extendió su mano.
Y el rey sin pueblo no respondió su gesto.
                — Tentadora es tu oferta, pero me dirijo a ti, de la misma forma con la que tú ahora lo haces, yo soy el Pastor del pueblo que jamás se detiene, y ahora mismo comparto con todos los míos las mismas ideas con las que empezamos esta odisea y como te lo dije antes, mi pueblo no se detendrá hasta encontrar el paraíso que se nos fue prometido, así que con mi mas grandes condolencias y el dolor que soportare por negarme un amigo como tú, te pido que te apartes del camino porque lo que buscamos nos supera a nosotros y también te supera a ti.
Con recelo y frustración el rey guerrero se levanto y tomo su espada del suelo, apuntando al rey sin pueblo advirtió.
— De aquí en adelante las tierras que acontecen son mías, nadie pasa si no es como amigo o enemigo, y si rechazas mi generosidad, cuando tú y tu pueblo atraviesen esta línea serán como enemigos.
Y el rey guerrero dibujo una línea en la arena usando su espada y toda la gente observo, y todos temblaron por esta acción, y dios solo observo.
El rey sin pueblo, levanto su voluntad en contra de quien ahora se proclamaba su enemigo, saco su cuchillo y lo levanto al sol, su dios, y con valor grito a los cuatro vientos y su pueblo lo escucho, apartaron a los niños y todos corrieron a la muerte que enfrente les veía.
El rey guerreo levanto su espada igual de valiente que el rey sin pueblo y su gente también le escucho y todos corrieron ante la guerra, la muerte que les vio.
Todos ellos que portaban armas corrían decididos a matar en nombre de su pueblo, su fuerza venia de su ira con la que deseaban robar, veían frente a ellos a al pueblo enemigo no por que fueran verdaderos enemigos, sino por que como un obstáculo ellos le negaban su ayuda, cruelmente dejaban de verlos como sus semejantes y sin dudarlo los convertían en los autores de sus desgracias, entonces ellos corrían con fuerza y coraje, un coraje aplastante con el que sus espadas se cargaban de una fuerza inhumana con la que decididos a combatir gritaban el nombre de su pueblo engrandeciéndolo sin límite alguno, porque para ellos solo existía un camino que les llevaría a la gloria, vivas como la violencia con la que encarnando su odio reflejaban brutalmente. Y cada uno de ellos cargando en su espada ese incontenible azote gritaba guerra, solo porque sus enemigos como obstáculos les impedían la victoria y solo por eso ese azote caería ante ellos.
Y ese pueblo, el pueblo sin nombre, el pueblo sin rey ni rumbo, aquel pueblo que fue humillado ante todas barbaries por pueblos engrandecidos también corría a la muerte, gritaban en nombre de su razón y con coraje mostraban que lo que ellos creían también era una realidad, eran sueños que lejanos y aun que imposibles ellos creían porque eso era lo único que les quedaba. Hubieron pasado por tragedias tan desagradables que cualquiera hubiera cedido, pero ellos creían en su paraíso y era lo único que de verdad les movía, por eso gritaban ahora y corrían a una batalla que seguramente no ganarían, porque qué  hombre no mata por una idea que es su todo para él, que es lo único por que vive y su propósito existencial, un futuro suena prometedor pero un futuro incierto, una pequeña posibilidad parecía inútil, pero aun con eso, su fe en ese paraíso les hacia corre hacia adelante, sin armas ni fuerza, solo su voluntad.
Ambos reyes que enfrente cabalgaban contra corrientes comprendían sus ideales, cada uno corrió contra su enemigo, llenos de esa fuerza que cada uno le llenaba el alma y les daba sentido al seguir su camino.
El rey más joven, el rey sin pueblo que solo portaba un cuchillo se lanzo contra el inmenso guerrero apuntándole a su hombro izquierdo, el rey más grande de inmediato se movió y sin apenas esfuerzo lo esquivo, el rey más joven cayo con un golpe en la espalda que el rey más viejo le propicio luego de su precipitado ataque. Cayo en el suelo y su boca se lleno de sangre por la fuerza que el rey más grande tenia.
                — Y con esa fuerza te atreves a desafiarme. No eres nada rey sin pueblo, no puedes ni acertarme un golpe y ya estas sangrando. Tu orgullo te llena de desgracias y mira ahora lo que ha causado.
Y el Rey sin pueblo levanto su mirada del suelo y miro a su al redor. Su pueblo combatía feroz mente contra todos esos hombres que con armas los mutilaban, gritaban al cielo y su fin parecía próximo, pero ellos no se rendían y con la misma voluntad con la que se lanzaron a la muerte peleaban, ellos peleaban con esa fiereza latente y fugas que aun sin entenderlo los hacía fuertes.
Los mismo hombres contra los que peleaban eran acribillados con piedras y puños, hombres y mujeres eran asesinados pero también desataban su fuerza contra los mismo que les asesinaban, y entre sangre y peleas la muerte se hacía presente, destripando a hombres y mujeres con filosas espadas, noqueando a otros con piedras y bastones, y atravesando a el resto como peces entre lanzas. Los hombres con armas que caían terminaban cediendo sus armas y muchas de estas eran recogidas por el pueblo que no se detiene y con apenas fuerza ellos volvían a asesinar al otro pueblo, y esto se repetía sin parar, dejando el suelo lleno de hombres y mujeres.
                — Tu pueblo muere y no podrás hacer nada para salvarlos.
El rey guerrero sostuvo la cabeza del rey sin pueblo y le mostro como todos eran masacrados, como en la batalla el fin de su odisea dio lugar al principio de una nueva historia, y el rey sin pueblo lloro, aquel apodado pastor vertió sus lagrimas de dolientes fuerzas en la arena seca del desierto donde jamás fueron vistas otra vez. Luego de eso, el pueblo que no se detiene murió, aun con su voluntad sus muertes fueron inminentes, aun cuando ellos lograron luchar con tal voluntad por su gran existir no fue suficiente y el último hombre del pueblo que no se detiene miro las desgracias que la maldad de un dios permitió, y aun con lagrimas sus últimas palabras fueron oídas por todos quienes cerca de él se encontraban.
                — El paraíso existe. Se que el paraíso existe, pero está lejos de nuestros ojos, yo soy el pastor que los guiaba pero fui ciego y ahora sufro mis desgracias por lo que mi arrogancia trajo, pero algún dia, un hombre encontrara el paraíso, una ciudad en la que habrá paz y nadie sufrirá mas, donde la libertad existirá para cada uno de nosotros y será nuestra, y cada uno tendrá la felicidad y dolor será calmado apenas nazca. Sé que el paraíso existe y algún dia un hombre lo encontrara, y nuestros hijos lo gozaran y se regocijaran en esa abundancia que nos pertenecerá a todos.
Y el rey guerreo le vio con tristeza, y con su espada le atravesó el pecho, parando su corazón y jamás volvió a latir como alguna vez lo hizo, pero aun con eso su espirito no murió.
                — No te olvidare amigo, en cualquier otro lugar habríamos sido colegas, pero el destino y dios nos puso en contra, ahora muere y descansa, porque ese paraíso que deseabas será verdad, porque yo lo construiré de las cenizas que queden de los reinos que con tiranía nos oprimen.
Y levanto su espada con una gran voluntad y el cielo lo miro, y junto con cien hombres mas ellos caminaron a la guerra.
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Si esperan un anuncio largo no lo habrá jaja pronto escribiré una nueva historia de body swap  asi qeu atentos amigos.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El día que el sol. (Relato sin body swap)


Ah pasado un tiempo y eh narrado el principio de mi travesía atreves de mis salvajes pensamientos y por sobre todo nada como lo que ahora contare me ha asombrado de verdad. Eh vivido dolencias y eh estado inmerso en incontables peligros, ninguno digno de contar, mi sendero color miel es neutral y solo ah sido muestra de la actitud verdadera de la naturaleza del mundo contra el hombre. No sé si eh madurado pero eh vivido más en este tiempo que todo lo que en mi castillo lo hice, aun en mi inexperiencia vivo en soledad, avanzando sobre mi dolor inmundo, soportándolo por las meras ansias de vivir.

Y aun que esto sea mi camino no ah sido lo único que pueda contar en con mis palabras que ahora usare para narrar lo siguiente.

Hace poco encendí una fogata, eh tenido miedo de la oscuridad por la soledad que ella tiene. El fuego era cálido y suficiente, sentía sueño por él y quise dormir. Entrecerraba los ojos cuando en los arboles ruidos llamaron mi atención, no estaba seguro así que dude. Vi la luz que tenían y tuve miedo. Pensé en la muerte y lo que se de ella, en mi ignorancia bruta y en lo poco que asumía para mi mismo como verdad, era un señuelo de mi mente que dejaba al aire mis miedos, salían a pasear por los arboles y volvían a mi despreciando mi valor.

Tambalee un poco hasta levantarme con avidez. “Era un animal” creí, tal vez pensé en algo diferente a lo que conozco, o hasta en una criatura desconocida, imagine una y mil cosas pero todo antes de que ello se acercara a mí. Y cuando al fin lo hizo la luz de la fogata revelo a un hombre, anciano y delgado, era esqueleto en vuelto en cuero, andante por el bosque, llevaba trapos y harapos por ropa, se arrastraba sobre la tierra dejado ver su calva reluciente por la suciedad de su cabeza, sus pelos blancos tocaban el suelo, acariciándolo como un toque de la mano por la seda de un vestido, el apenas podía levantar su esquelética mano y con mas esfuerzo le siguió su rostro, su apariencia desgastada y envejecida me asustaba, no tenia dientes lo pude ver por su sonrisa al mendigarme un poco de comida, en sus ojos había compasión, tristeza y tal vez un poco de ira por el mismo, no pude evitar sentirme como él cuando me vio el alma con sus pupilas dilatadas, era suficiente para mí lo que vi, le lance una manzana que tenía, le golpeo en el brazo y el cayo, pero sonrió. Me sentí feliz por ese gesto. El hombre recogió la manzana y se movió con emoción hasta la fogata en donde el quedo mirando al fuego  con la misma pasión y sonrisa de un niño.

Yo no pare de observarlo, estaba inmerso en la manzana y el fuego que tenía enfrente, devorando con esfuerzo de mil hombres. Y yo, le veía.

Sé que fue grosero, pero mi curiosidad era más grande que cualquier otra cosa que hubiera podido manejar. Vi las citarices en su cuerpo, eran profundas y enfermizas, no eran limpias, eran gigantescas y groseras, limpias en menor medida, pero de procedencia dudosa.

No pude evitar preguntar, el hombre no lo tomo a mal y me vio alegremente, pareciendo a que esperaba que yo mismo le preguntara. Yo le conteste la sonrisa y el comenzó a hablar.

<< “Aquel dia que el sol azotaba mi pueblo”. >>

Dijo narrando con esa misma avidez y una voz agria de escuchar, yo me acomode cerca de una piedra para oírlo mejor.

<<Aquel dia que los vientos golpeaban con intensidad, fue aquella fecha en la que todos temieron, por aquello que jamás vieron. Imposibilitados a caminar bajo el cielo sin evitar quedar cegados nos encontrábamos, el intenso sol quemaba la piel, aun atreves de las nubes de polvo, todos permanecían en sus casas sin remedio, esperando la muerte. >>

La lengua se le secaba, rápidamente me incline y busque la poca agua que tenia, la deje rodar hasta que el la tomo, agradecido de mi hospitalidad ante mi fogata el hombre continuo hablando, y no se detuvo.

<< “Aquel dia” un hombre bajó de la fría región, tenía las ropas rotas, sus labios estaban secos y sus ojos se salían de sus orificios, todos temieron de él, pues los vientos y el sol desaparecieron cuando ese hombre llego>>

Yo lo vi cuando con mi madre estaba, oculto en mi casa viendo todo a través de mi ventana, pude verlo llegar y vi la arena desaparecer, los vientos detenerse, las nubes apartarse, los gritos cesar, solo hubo silencio mientras el camino de los cielos a la tierra, luego dios nos abandono. Yo vi sus ropas sucias desbaratarse poco antes de dios desapareciera, y aun cuando creí que lo que veía eran mentiras de mi alma me di cuenta de que no fui en único en verlo, ni tampoco el primero. Mis ojos no se aparataron, algunos corrieron con él, otros observaron atrás de sus puertas, asustados. Yo no tambalee, pero tenía miedo. Salí con cuidado de mi casa creyendo que la niebla jamás volvería, pero muy dentro de mi sabia que lo haría, me acerque con cuidado a ese hombre, lo vi a la distancia, era aterrador ese sentimiento, me acerque tanto, pero tanto que podía ver su rostro deshecho por las arrugas cubriendo su cara, la tierra envolviendo su piel, sus ojeras demolidas como pimienta, sus pocos cabellos blancos saltando como entre el cráneo saliente de su carne podrida apenas sirviente y sus ojos, acabados por esas mismas ojeras, dilatados por el dolor que su ver exponía y oscuros como la noche que había llegado, llenos de ese negro opaco que jamás logre olvidar. Pude ver su mirada vuelta enzima mío, una mirada llena de locura y dolor, igual de aterradora que su apariencia misma. Yo me aparte un poco, la gente a mi alrededor comenzó a verme, devastado por esa atención me volví débil, hubiera corrido como un cobarde. Como el cobarde que siempre fui. Apenas si le reconocí con esa apariencia deshecha. Lloro al verme. Yo solo sentí miedo.

Yo estaba impactado cuando todos a mí alrededor miraban, no pude dudar, no pude sentir esas emociones reales, aun cuando mi padre después de tanto tiempo había regresado.

Tuve un dolor en mí, no me dejo en paz, ese creer que la niebla volvería.

Y le cargue entre mis brazos aun en dolor. Y la gente huyo, no voltee, creí oír gritos atrás de mi, mis dientes rechinaban forzándome a seguir, me contuve cuando entre, lo deje en la mesa y cerré la puerta.

Respire tanto que parecía que jamás había respirado en mi vida, mi madre apareció de la cocina eh impactada comenzó a llorar, yo lo miraba ahí sin creerlo, un cuerpo inerte en la estancia de mi casa, fingiendo muerte al paso consciente de mi vista. Pasó tan rápido que me volvió loco solo pensarlo. Mire su cara sucia y destrozada nuevamente y era él. No me explicaba “porque” cuando lo vi de nuevo. Era el mi padre, desmayado dormido tal vez. Me senté en una silla y espere mientras la arena consumía mi pueblo con dolor. Paso mucho tiempo dormido, por suerte suya sobrevivió, y cuando despertó el me miro de nuevo con esos ojos, con sus ojos de locura que antes me habían mirado mostrándome lo asustado que se encontraba; se lanzo hacia mi saltando tan sorpresivamente, yo no me retire, me abrazo con tanta fuerza entonces que incluso yo me sentí conmovido, y le devolví el abrazo, ambos estábamos tomándonos con fuerza, mi madre nos vio de lejos, sonriendo y con lagrimas en los ojos, yo no pude evitar llorar igual que ella lo hizo, tener a mi padre en brazos me conmovió.

Dejamos las cosas como estaban, pretendiendo que no había pasado nada, pero mi padre había perdido la cordura, a lo largo del dia evitaba hablar y moverse, igual que un vegetal se quedaba estático, recuerdo haberlo sacado de la mesa y sentarlo en un sillón pues le costaba mucho moverse. Todo el dia permanecía ahí, sentado y mirando a la ventana, y a veces cuando su corazón parecía latir mas fuerte repetía frases cortas y absurdas, muchas veces parecían que no tenían sentido, yo pensaba que se había vuelto loco <<malditos los pensamientos que de mi salieron, pues el sol jamás volvió en mi tierra y maldita fue desde entonces, pues yo no caí solo en desgracia, mi pueblo murió aquel dia que la luz desapareció, porque la fría región consumió todo lo nuestro y nos dejo sin nada por lo que vivir>>. Los días próximos a la vuelta de mi padre se volvieron tétricos. La niebla se detuvo y la gente comenzó a salir de todos lados, aun temiendo de lo que ocurriera, pero nada paso al principio.

En aquellos momentos y por primera vez en tanto tiempo la gente volvía a salir, pero alto fue el costo.

Todo el pueblo iba de un lado a otro y rumores anduvieron sin pies, yo los oí porque oculto me encontraba en aquel lugar, la gente rumoraba de ese dia que por primera vez los vi juntos, yo que lo vi todo de frente pude haber negado todo lo que ellos hablaban, pero con qué voz si es que ellos nos llamaban brujos y nos tiraban por sucios bichos, se que pudieron haber sido peor aquellas palabras. Sin embargo me sentí traicionado por aquellos a los que tal vez con sus acciones me tendieron una mano en el pasado. Seguramente era porque esperaba más de ellos, pero mi mentira era la verdad que vivía en aquel pueblo, me engañe con eso y en mi rabieta me encerré junto a mi madre, apenas saliendo, oculto entre todos, pero ello no hizo más que alimentar sus maldiciones y el odio que con el tiempo comencé a sentir de ellos. Yo llore por las mentiras que nos condenaron, ellos sin embargo temieron mas no ver la luz que siempre nos ilumino.

Ese odio se hizo gradualmente más inmenso, mientras que mi padre se hundía en esa palabra que constantemente repetía, había días en los que solo lo miraba a él y a esos ojos dementes que odia ver en su rostro, reflejando aquello a lo que temía, mostrándome un poco de la inmensa tragedia que vivió, pero que no podía dejar de mirar, pensaba esos días en los que él habría vivido en ese lugar, en lo que habría soportado y lo que lo había dejado en ese estado de vegetal. No hubo dia en que no gritara de desesperación bajo mi silencio, estaba encerrado con mi conciencia rota buscando la verdad de lo que fue y de lo que habría sido. Mi madre me vio yendo de un lado a otro sin poder estar en un solo lugar de la casa, abandonando mi paz en vasos rotos, a veces iba a la cocina para ver por la ventana alado de la mesa, a veces salía para espiar las malas lenguas que de nosotros no paraban de hablar, a veces intentaba curar las heridas de mi padre, con tantos intentos fallidos me frustraba y siempre golpeaba algo cerca mío, tal vez asuste a mi padre algunas veces o tal vez a mi madre, yo no lo veía cuando mi conciencia se hundía en pozos profundos, pero siempre me rompió verlo ahí, sentado con esa mirada que llamaba a la locura, igual que cada palabra que salía de su boca, “Esa mirada” repetía, “esa horrible mirada” continuaba enseguida y poco antes de llorar,  yo no podía hacer nada, me sentía imposibilitado al no poder sacarlo de ese trance, me sentía como un simple observador de su desgracia, no lo soportaba. A veces él despertaba sin previo aviso e igual a un bebe golpeaba y saltaba, alardeando de esas horribles miradas.

La última noche que lo vi despertar así, yo mismo pude ver con horror como el se caía a pedazos, no solo su conciencia, su piel era lo poco que se quedaba adherida a los huesos, esos huecos que tenia por ojos cada vez se hundían mas y mas, sus venas parecían salirse de él saltando de sus brazos y piernas, su cabello cayéndose, y sus pies, jamás pudieron caminar el suelo frio que siempre pisaron firmemente, mi madre y yo lo vimos en esa silla postrado como un cadáver, repitiendo esas palabras secas —Esa mirada— decía cada que sus labios se movían, nos turbaba tanto que hubiera preferido no encontrarlo ese dia, que el sol jamás se hubiera ido, ni que las mentiras cayeran como avalanchas sobre nuestro hogar. Durante dos semanas pude verlo vivo junto a mí, luego de ese tiempo el murió. No fue una despedida dramática, comíamos lo poco que teníamos de pan en nuestra casa y un poco de vino que guardábamos, apenas si probo bocado, él cayo de la silla y ambos —mi madre y yo— supimos que había ocurrido, no nos demoramos en preparar las cosas, yo tenía una pala cerca de mi cama que había conseguido para esta ocasión, fue difícil pero supuse que lo valía. Pronto comencé a cavar una tumba atrás de mi casa, lo hice de noche pues no quería que nadie me observara hacerlo, temía de las malas lenguas y una tumba tras de mi casa no era algo bien visto por cualquiera de aquí cerca, supongo que en cualquier lugar hubiera sido igual.

Termine muy pronto la tumba y enterré a mi padre, mi fría cara me asustaba, era una horripilante escena para mi, por eso mantenía. —Me mantuve escéptico—. Pero en el fondo me aterraba lo que hacía, volví a mi casa, y enseguida vi a mi madre, ninguno de los dos dijo algo, mantuvimos distancias y luego nos alejamos mas, a pesar de que la casa era pequeña hacíamos lo posible para no hablar, creo que me aleje mucho de mi madre esos días, el recuerdo es distante para mi, ahora apenas si la recuerdo. En muchas ocasiones salí, oculto, usaba una larga manta oscura que cubría mi rostro, era igual a una capa. La gente no sospechaba en mi pequeño pueblo, cosa extraña en verdad, fueron menos de un par de semanas las que pase así, huyendo de mi casa y de mi madre, la deje sola durante esos difíciles días, no puedo evitar sentirme culpable por aquello que hice, fue desesperante, mientras me hundía y me llevaba a mi madre conmigo.

Aquellos días “que el sol se apago”, vi de cerca como el pueblo se volvía loco por la muerte que rondaba en las calles, iba sin rumbo, tomando todo lo que deseaba y sin pagar por ello, la gente desesperada no dejaba de llamarnos brujos, no se percataron de la ausencia de mi padre, el origen de aquel mal que trajo la ruina, pero los llantos siguieron sin pies ni cabeza, andando con lujuria y gula, señalando y apuntando sin cansancio. Yo seguía distante esos días, y ese dia en que el niño bajo de la fría región todo se volvió realmente oscuro.

Le vi llegar desde mi ventana y bajo desde la montaña, el no tenia manos, tomadas y remplazadas por palos que atravesaban sus brazos ensangrentados, atados con los trapos rotos de una camisa, el pueblo le observaba avanzar por la tierra hasta caer. Aun cuando el niño no parecía tener más de ocho años ellos observaron sin hacer decir ni hacer nada.

Cayó enfrente de mi casa, tirado, inerte y sin vida, yo lo vi con tristeza, pero no pude moverme, la oscuridad de la noche eterna me volvió frágil esos días, solo observaba como todos. Y sin que me diera cuenta mi madre salió, corrió  a la puerta y desesperada fue a donde estaba él. Horribles imágenes se volvieron una escena real ante mis ojos. Pude sentir las miradas cuando el niño se movió en manos de mi madre, todos nos veían y nos hacían en fuego ardiente de hoguera, escuchaba sus voces en mi cabeza, gritándonos — ¡Brujos! ¡Brujos! —. Mi madre cargo al niño en sus brazos y lo llevo hasta la puerta de nuestra casa, la cual el viento había cerrado por una ventana abierta. Yo la abrí,  asustado me encontraba, la vi con el niño en brazos y susurrando me dijo —Esta muerto— su rostro tenia compasión y ternura, contrastaba con eso que en brazos cargaba, me aterro la idea de también perder a mi madre en la locura, la detuve en seco, su sonrisa desbarataba polvo en el aire, había emoción en ella y a la vez era la misma mirada que antes había visto en mi padre, hice que tirara el cuerpo como un reflejo inconsciente, la golpee con un fuerte manotazo y dejo caer a ese niño en nuestro suelo santo, su rostro estaba pálido, reflejaba dolor. Ambos nos miramos antes de que ella saliera de la casa llorando por el pequeño con el cuello torcido, baje la mirada y vi sus manos, las ramas no habían caído. Tan solo era un niño, de tez blanca, ropa desgastada y ojos cristalinos, de verdad parecía muerto, lo levante y lo lleve al jardín. Use la pala y le enterré alado de mi padre, no podía dejar de ver el cielo cada vez que usaba la pala para sacar otro gramo de tierra, el cielo era oscuro pero parecía brillante con todas esas estrellas, vi ambas tumbas enfrente mío, ambas con cruces de madera, había olvidado su significado. Vi las tumbas por mucho tiempo, esperando, recargado en la pala, era soledad la que oía, era lo que sentía alrededor mío, me asustaba el sentimiento, tal vez esperaba algo, un remate, un final, algo que me dijera que esto se había acabado, pero el resto de la semana estuve solo, espere ese final sin que llegara, ese fin que me viera y me dijera que todo estaría bien, soñé despierto fingiendo felicidad para salvar mi propia cordura, mi casa se volvió mi cárcel y mi vida mi tumba.

Espere tanto tiempo que me canse, mi madre no volvió, fue terrible mi angustia, a veces despertaba a mitad de mi sueño e iba a la puerta, creía que vería a mi madre esperando afuera, o por lo menos su cadáver, solo quería volver a verla una última vez, pero desee en vano.

Todos los días que despertaba veía mi capa colgada en la pared, esperando a ser llevada por mis hombros, pero mi mente se llenaba de preguntas, y al volverla a mirar desertaba nuevamente, mis manos muchas veces se llenaron de migajas y de polvo, esos días el pan escaseo en mi hogar y mis preocupaciones no pararon de crecer desde entonces, siempre mirando la capa colgada en mi pared, mi mundo se redujo en dormir y desertar de salir, de comer panes podridos y migajas sueltas, me volví sumiso ante todo placer y mi mano fue mi mejor compañera aquellos días y siempre al terminar pensaba en mi madre. El peligro que significaba y el dolor que estaría pasando  —la noche eterna helaba el invierno, y el sol habría vuelto a pesar de todo, decían los más ancianos, mi madre no sobrevivirá antes de eso— me repetía siempre,  pero que eran mis supersticiones más que eso, simples dolores de una mente dañada, para la quinta noche falsa tras la llegada del niño yo no dormí, por primera vez en semanas no pude dormir, el recuerdo de ella, la mirada de mi madre y el morir de ese niño por fin pudieron conmigo, no pude cerrar los ojos esa falsa noche, mi cuerpo yacía inerte en el duro suelo, cubierto con trapos, me sentía protegido por ellos, pero no eran suficientes, quería mas. Quise levantarme pero mi cuerpo estaba muerto, mis brazos no respondían ni tampoco lo hacían mis piernas, yo estaba ahí, pero mi mente era distante, era vacio inmenso, cubierto de una capa de nada. Mi cuerpo estaba recostado pero mi mente no, pude ver la noche eterna transcurrir no se cuanto tiempo, era tanta oscuridad y pesadez en mis ojos, llenos de pereza y moviéndose con desesperación, no podía levantarme, lo intente no se por cuanto, no pude aceptarlo y no lo deje de intentar durante esas horas, sentí miedo que comía mi esencia, revelaba mis sentimientos a mí mismo y temblaba, pero no pasaba nada, ¿cuando fue que vi esa silueta moverse? —Esos ojos demoniacos— observándome el alma, aquello no dejaba de hacerlo, la mirada de mi padre no se comparaba con el horror que mi vista pudo contemplar, “Aquello que la fría región me mostro” era lo mismo que había visto mi padre, esa frívola mirada, llena de sangre y vacía de culpa. “Aquel momento en que mi mirada se cruzo” fue que me olvide de mi madre, de mi padre y de ese niño, aun que una idea no dejo mi mente, —Quiero vivir—. Mi determinación fue débil y me paralice en el suelo, seguí recostado y no me levante, quede ahí viendo esa mirada por horas, enloqueciendo con cada minuto que esos ojos me miraron, ese vacío que sentí, igual a la nada que me veía a los ojos, esa oscura sensación de no poder hacer me domino, me veía a mi mismo en la existencia que habitaba siendo devorado por ella, y creo que fue solo un momento, un ligero momento en el que acepte mi muerte, luego de eso no recuerdo que paso con esa mirada, esa primera vez que la vi, tal vez fue una pesadilla que me perturbo la mente, una imagen que me mostro mis miedos turbados, mares calientes, inmensos y ardientes, me apremiaron la mente, una aguja que no pude sacarme, esa mirada fue eso mismo, la muerte de mi cordura que vería decaer.

No desperté esa noche, solo abrí los ojos y como una pesadilla mi verdad congenio con mi moribundo dolor, mire a mi ventana, y oí los gritos de mi madre, era una ilusión de mi cabeza, ahí afuera no había nadie. Y así fueron los siguientes días, las migajas de pan supieron más dulces y las sobras podridas fueron manjares, siempre escuchando esos gritos en mi cabeza, la voz de mi madre aullando igual que un lobo lo haría a la luna, igual al sonar de los grillos, siempre constante, sin pausas que me dejaran descansar, un majestuoso grito que aprecie pronto como la música que endulzaba mis oídos.

Días constantes de una sociedad muerta se volvieron natural, siempre viendo por mi ventana, la gente vivía del caos que proclamaban vida, sobrevivían de esas prácticas inmundas que por mucho les hicieron cada vez mas fríos, los amigos se traicionaban por la espalda y las familias se abandonaban, las niñas eran robadas y los hombres asesinados en sus propias casas, nosotros los culpables de sus males ya no estábamos, por mucho tiempo que viví solo, pareció que la casa se había abandonado y esto me hacía sentir feliz, porque las malas lenguas se detuvieron, pero el costo jamás fue menor, nunca lo fue y no lo será. El pueblo comenzó a fallecer en sus males, y yo vi como esto sucedió tras de mi ventana, yo reía con brusquedad, no pude evitar sentirme feliz, por aquellos a quienes me había hecho el mal, por quienes murieron primero, ellos los que murieron por un ladronzuelo, por algún demente o alocado hombre, o por sus propias esposas hartas de una vida de violencia, un final para todos ellos que sin gracia termino con sus vidas, yo vi la mayoría de muertes en esos días de constante caos, observe todo eso que a cualquier hombre habrían vuelto loco, la sangre y la matanza, el dolor que rompía en fuego desgraciado y con una pala enorme me alistaba para lo que venía, yo en cambio estaba inmerso en mi propia felicidad, la negué muchas veces en mi cabeza, pero la sentía, no era una mentira lo que mi corazón sentía, disfrute ver como a esos perros del pueblo los asesinaban uno por uno y de ser por mi disfrutaría sus muertes de nuevo, una y otra vez sin cansancio, porque no importa cuánto pase, se lo que sentí.

Fueron tiempos oscuros para todos, pero había paz en lo que tenia, en eso que aun me quedaba, las cosas que a lo lejos estaban de mi vista eran diferentes casi siempre, cambiando y disfrazándose en frente mío, de los recuerdos mundanos que apenas si creía que eran mi pasado, el caos del pueblo fue mi amigo durante esos días de alarmantes alaridos y retorcidos hombres asesinando y matando, asesinando y matando, asesinando y matando, rompiendo mi fe de lo poco que sentía aun, cuando entre esos gritos el caos me traiciono, me abandono en mi soledad, vi a mi madre, los aullidos dejaron de ser música y horribles imágenes se volvieron una realidad, entre los escombros de las casas de madera frágil y entre la muchedumbre escuche los gritos, eso gritos. Una luz ilumino mi rostro y desde mi puerta vi a mi madre atada a un gran tronco, gritando desesperanzadoras palabras y todos alrededor de ella abucheaban y rodeada de maderas viejas y secas y su rostro, mi madre no tenía miedo, solo odio. Gritaba tanto que no paraba, no entendía, pero la paz de su rostro me que decía algo, y sabía que estaría bien, todos alrededor seguían alardeando cosas que no entendía, mire felizmente a mi madre, gritaba y era hermosa. Apenas vi cuando un hombre se le acerco con la antorcha en las mano, quise evitarlo y corrí, grite maldiciones también como ellos pero no salí. Lo vi a él acerarse con una antorcha y quemar con el fuego la madera que estaba a los pies de mi madre, el fuego creció inmenso, la gente gritaba cosas que no entendía, solo eran gritos y ruidos que me perturbaba oír, yo también gritaba sobre el fuego que vi arder, recuerdo lo que sentí y como la rabia me domino, fuego que le purifico como las leyendas contaron alguna vez, ardiente que brillaba como el sol, incandescente y abrazador, veía y no entendía por qué mi madre también gritaba, ojala no hubiera sido tan inocente, todos los hombres gritaban a su alrededor, el jubilo festejaba con sonrisas malditas que dibujaba en sus rostros ardor creciente de una llama que se negaban a apagar. Corrí y salí por mi puerta alardeando, tenía la pala en mis manos, la misma que use para enterrar a mi padre, ahora la usaba para defender a mi madre, ironía pura, no creí que fuera así como terminara, creí que habría mas después de eso pero corrí, con la muerte mis manos asesine sin compasión solamente para salvar a quien creí que podría salvar, es absurdo pensarlo, pero creo que era inevitable, el fuego estaba ahí, tan grande e imponente como un dios, y como uno el tampoco tuvo compasión. Mi madre murió incendiada ese dia y yo mismo sostuve su cadáver en mis manos, calcinado por completo tal cual carbón, llore sin remedio y solo hui, deje tirado el cuerpo de esa bella mujer mientras el fuego empezó a consumirlo todo, todo el pueblo ardió, pero esta vez no hubo jubilo, solo horror por lo que fue y lo que seguirá siento , hubo muertes por montón y nadie huyo, prefirieron morir ahí desolados, lo vi desde las montañas, los vi caer a todos y en el fuego pude ver también esa mirada, esa terrible mirada que volvió loco a mi padre. También me miro a mí, esos ojos rojos que penetraron en mi alma estaban en medio la llamas abrazadoras, mirando todo con orgullo, la figura gigantesca que me miro aun puedo verla cuando duermo, mirándome apenas con una pisca de su rencor, entendí en ese momento porque mi padre se volvió loco, yo no lo soporte, solo hui y ese monstruo jamás me atrapo, tan solo fue una ilusión mas, algo que termino con mi vida, algo que no hubiera podido detener, jamás, solo en mi lecho me arrepiento de mi ignorancia pero solo soy un hombre mas, ¿que habría hecho si el monstruo de allá hubiera acabado conmigo? no lo sé, yo solo imagino.>>

Ese hombre se detuvo por bastante, miro al fuego todo el tiempo que pudo y paso así tanto tiempo,  mirando mi hoguera, quien sabe que cosas habrá visto entonces, sentado en el suelo observo la llama que tenía enfrente, luego de eso el cayo inerte en el suelo, no supe porque, pero sabía que habría muerto, paso la noche mientras le enterré, como hizo con su padre y con aquel joven niño y mientras lo hacía no dejaba de pensar en su historia, un hombre que tal vez habría sufrido más que lo que yo me hubiera pensado, dolores inimaginables de locura y horror, no lo sé, el sufrimiento es cosa un tanto compleja, que cuando le veo su tumba solo puedo pensar en que dios nos ha abandonado, o tal vez no, tal vez dios ya ha muerto.



miércoles, 1 de septiembre de 2021

Venganza historia (reescritura Wattpad)

 Como ya les había comentado en algun momento dado, quise reescribir algunas historias de mi pasado. sinceramente no encontré forma real de pasar mi visión que tuve en aquellos momentos a un escrito más actual, una visión simple realmente, aun ahora cuando leo varias de estas me siento atraído a reescribir pero no me es sencillo, sin duda creo que tardare mas de lo debido, pero hare mi mayor esfuerzo.

Por ahora solo puedo mostrar una pequeña parte de este trabajo, se que no es mucho pero espero que puedan disfrutar de las palabras que ahora eh decidido para esta historia.

Por ahora me despido, espero tengan un excelente día.

La niña y la muerte (venganza) - Neil Poe

La niña y la muerte/ 1956 Cordelia Urueta CDMX | Pintora mexicana, Arte,  Artistas


lunes, 5 de abril de 2021

Nuevas historias

Hace no mucho tiempo había publicado sobre querer reescribir mis historias viejas xD

Se que tal vez tarde un poco en hacer esto pero realmente no me resulto fácil reinventar o rehacer algunas historias, hasta ahora llevo solo una hecha y hasta apenas es un poco comparado con lo que escribí en su momento jeje, y se que aun que ya habían solicitado alguna en su momento realmente esa historia no es mía y me parecería grosero reescribir algo que no es mío xD así que estaré reescribiendo algunas historias en viceversa, las que pueda recrear mi creatividad y las que no las dejare ahí para que al menos se puedan reír con mi increíble redacción de hace 5 años jajaja  

dicho esto dejare el link de mi perfil de Wattpad en donde estaré publicando estas historias y relatos u.u

Neil Poe (@NeilPoe) - Wattpad

ya para terminar quiero decir que también estaré publicando algunas historias nuevas y a quien le interesen son bienvenidos.

Sin mas dilación esto seria todo por esta publicación y algo que quería mencionar, cosa que me pareció graciosa xD es que aun que fuera un chiste en su momento sobre los 2 fans fue chistoso que solo comentaran 2 personas jaja, esas dos personas tienen mi aprecio, se los agradezco mucho uwu

Ahora si me despido.



martes, 6 de octubre de 2020

Anuncio para que lo abras

 Que tal mis estimado 

Estos días eh estado muy pensativo y entre mis momentos eh buscado entre mis viejas historias, encontré varias cosas curiosas y creativas xD? mi razón para esta publicación y el que les mencione esto es por que me pareció bastante curioso el estilo que tenia antes de escribir mas seriamente, así que se me ocurrió hacer una especie de dinámica si es que se le puede llamar de esta manera :b

Quiero rehacer algunas historias pero realmente no se con cual empezar, por esto acudo a mis adoradas dos personitas que comentan que escojan la primera historia con la que quieren que empiece jeje, estaré leyendo sus comentario y si alguien mas se anima a comentar para mi será grato leerlo.

ante todo que tengan un lindo día o noche, depende de cuando lean esto jaja xD

jueves, 27 de agosto de 2020

"La Cosa en el Umbral" (Resto de la historia)

 Viendo el gran recibimiento que tuvo la ultima publicación (2 comentarios xDDD) decidí publicar lo que falta del relato, y como antes aclaro nuevamente, esta historia no es mía sino del grandioso escritor H. P. Lovecraft el cual aprecio mucho uwu, como sea muchas gracias por el apoyo anterio y sobre todo a Karina quien esta siempre pendiente de nuestros blogs xD espero siga creciendo y logre mucho mas como escritora, de cualquier forma los dejo con la historia.

– Capitulo 2 –

Asenath Waite apareció en la vida de Edward cuando éste tenía treinta y ocho años. Por entonces ella debía tener unos veintitrés y tomaba curso especial sobre la metafísica de la Edad Media en la Universidad de Miskatonic. La hija de un buen amigo mío era amiga de la infancia de la muchacha -habían cursado juntas la escuela Hall de Kingsport-, pero últimamente se veía obligada a rehuirla a causa de la mala fama de la joven. Esta era morena, pequeña y muy atractiva pese a sus ojos saltones; sin embargo, algo indefinible en su expresión hacía que la gente sensible evitara su trato. A los demás, los ahuyentaba el origen de la joven y los temas que excluyentemente monopolizaban su conversación. Era descendiente de la rama de los Waite de Innsmouth; generación tras generación, se habían urdido docenas de tétricas leyendas sobre la devastada y semiabandonada población de Innsmouth y sus habitantes. Aún hoy se oye hablar de horrendos pactos firmados alrededor de 1850 y de un abominable ser “no del todo humano” que se imbricó en las más antiguas familias del hoy casi inexistente puerto de pescadores, historias todas que sólo un yanqui de antigua prosapia puede lucubrar y difundir con el debido sentimiento de horror.

Volviendo a Asenath, su situación genealógica se complicaba por ser hija de Ephraim White y por representar el fruto de sórdidas relaciones que éste había mantenido en plena senectud con una desconocida a la que nunca nadie consiguió ver. Ephraim vivía en una arruinada mansión de Washington Street. Los conocedores del lugar -hay que establecer que la gente de Arkham hace lo posible para evitar el paso por Innsmouth- contaban que las ventanas de la buhardilla siempre permanecían tapiadas con gruesos tablones burdamente clavados y que al caer la noche se oían extrañas voces en el interior de la destartalada casa. El viejo Waite tenía fama de haber sido en sus tiempos mozos un gran conocedor de los temas de magia y se dice que por entonces podía causar o sofocar temporales en el mar. Por mi parte, de joven lo había visto una o dos veces, cuando había venido a Arkham a consultar unos antiquísimos volúmenes dedicados a saberes arcanos que enriquecían la biblioteca de la Universidad. Recuerdo que me resultaron insoportables el patibulario y melancólico mirar y las completamente descuidadas matas de barba que colgaban de la cara. Murió loco en circunstancias nunca debidamente aclaradas, poco antes de que la hija llegara a la escuela Hall. La muchacha tenía rasgos del padre, en especial su a veces diabólica mirada.

Mí amigo, el padre de la muchacha que había sido compañera de Asenath, me recordó muchos episodios curiosos cuando empezó a divulgarse la relación entre ella y Edward. Según esos datos. Asenath se hacia pasar por maga en la escuela y, en efecto, asombraba a sus compañeros con algunos prodigios en verdad inexplicables. Sostenía que podía desencadenar tormentas, pero su habilidad más notoria era la capacidad de predecir con exactitud cuanto se proponía o le proponían. Los animales rehuían su presencia y, a distancia, con unos casi imperceptibles movimientos de una mano derecha hacia aullar a cualquier perro. Otras veces demostraba conocimientos prodigiosos y hablaba lenguas absolutamente inusuales para una adolescente.

Mucho más alarmantes eran los casos completamente verificados de su influencia sobre otras personas. Manejaba el hipnotismo como si fuera un juego de niños. La compañera que era mirada fijamente a los ojos por Asenath tenía la sensación de estar en proceso de transmutación de la personalidad, como si quien estuviera bajo hipnosis pasara a habitar el cuerpo de la hechicera y consiguiera mirar desde otro punto a su verdadero cuerpo, en el que resaltaban unos ojos siempre resplandecientes .con una expresión de enajenación. Famosas eran las afirmaciones de Asenath acerca de la naturaleza de la conciencia de su independencia de la estructura física. La única insatisfacción que revelaba la joven era la de no haber nacido varón, pues según ella, el cerebro del hombre poseía unas facultades cósmicas singulares, de alcance infinito. Sí tuviera el cerebro de un hombre, decía, estaría en condiciones no sólo de igualar sino hasta de sobrepasar al padre en el manejo de las fuerzas cósmicas.

Edward conoció a Asenath en una de las reuniones que celebraba la “vanguardia” universitaria. Al día siguiente, cuando vino a yerme, no era capaz de hablar otra cosa que no fuera la joven Waite. Según él, compartían los mismos intereses e inclinaciones intelectuales y, además, estaba encantado con su aspecto físico. Por mi parte, nunca había visto a Asenath, pero tenía referencias de ella. Y ellas me hacían parecer lamentable que Edward estuviera tan locamente enamorado de semejante mujer, pero me cuidé mucho de decirle nada, pues bien sé que las criticas suelen hacer más vigorosas estos encaprichamientos. Por su parte, el joven Derby parecía dispuesto a no hablar del asunto a su padre.

Las semanas siguientes, Derby las dedicó a hablarme sólo de Asenath. Por entonces ya eran de dominio público los amores otoñales de Edward, a pesar de que él distaba mucho de representar la edad que tenía y no hacía mal papel junto a tan peculiar belleza. No importaba demasiado un incipiente abdomen producto de su descuido físico y en el rostro no había asomos de arrugas. Por su parte, Asenath tenía a ambos lados de los ojos las características patas de gallo que suelen verse en las personalidades férreas como consecuencia de las tensiones constantes a que están expuestas.

Finalmente, un día Edward vino a yerme en compañía de la muchacha y entonces pude comprobar que la corriente de afecto entre ellos no era unilateral. Ella permanecía casi comiéndoselo con la mirada y supe que la relación de ambos sabría vencer cualquier obstáculo que se le opusiera. Pocos días después de aquella ocasión llegó hasta mí casa el anciano señor Derby, hombre que me inspiraba el mayor de los respetos y admiración. Enterado de la nueva amistad de su hijo, había logrado sonsacarle toda la verdad al joven. Edward pensaba en matrimonio y ya se había puesto la búsqueda de casa en el barrio residencial de la ciudad. Perfectamente al tanto de la influencia que solía ejercer sobre el joven Derby, el padre había acudido a mi para rogarme que hiciera algo con el fin de evitar tal destino, pero, decidido a ser honesto antes que caritativo, le transmití mis serias dudas de un logro en aquel sentido. El punto no era esta vez el carácter poco firme de Edward, sino el extraordinariamente fuerte de la mujer. El sempiterno niño que era Edward había transferido la dependencia de la imagen paterna a otra imagen mucho más poderosa y sobre eso nada se podía hacer.

Un mes después se celebró la boda ante el juez de paz, según deseo de la novia. Convencí al señor Derby para que no se opusiera y así él, mi mujer yo asistimos a la ceremonia. Los demás invitados eran unos cuantos estudiantes universitarios más que “vanguardistas” francamente exaltados. Asenath compró la vieja finca de Crowninshield, ubicada en campo abierto al final de High Street, donde pensaba instalarse la pareja de recién casados, luego de un corto viaje a Innsmouth de donde traerían tres criados, algunos libros y unos pocos utensilios para el nuevo hogar. Daba la impresión de que lo que volcó a Asenath hacia Arkham no fue tanto una consideración hacia Edward y su padre, sino más bien la satisfacción de su deseo de estar cerca de la Universidad, de la biblioteca y de su grupo de jóvenes universitarios.

Al volver a ver a Edward tras su luna de miel, lo noté algo cambiado. Por complacer a su esposa se había afeitado el incipiente bigote, pero eran perceptibles Otros cambios. Se mostraba más reservado, más pensativo, más triste. En un comienzo no pude establecer si me gustaba o no el cambio operado en mi amigo, pero era evidente, que parecía haber madurado. Tal vez el matrimonio fuese algo que lo ayudara. Me contó que Asenath se había quedado en casa pues estaba muy atareada con el imponente montón de libros objetos que habían traído desde Innsmouth -pronunció este nombre y se estremeció- y, además, se ocupaba personalmente de arreglar la casa y la finca de Crowninshield.

Esa casa -que era la de Asenath- tenía un aspecto bastante desagradable, pero allí la joven había aprendido cosas sorprendentes a partir de ciertos objetos que se encontraban en ella. Con la ayuda de Asenath. Edward hacía grandes progresos en materia de conocimientos esotéricos. Algunos experimentos que le enseñaba la joven eran ciertamente drásticos -tanto que Edward nunca se animó a detallármelos-, pero no tenía dudas sobre las intenciones de su esposa. Los tres criados eran muy extraños. Dos de ellos eran incalculablemente ancianos y habían trabajado para el viejo Ephraim; de tanto en tanto se referían a él y la madre de Asenath de un modo inexplicable. La tercera era una joven trigueña de rasgos deformes y que constantemente despedía olor a pescado.

– Capitulo 3 –

A partir de entonces fui viendo a Edward cada vez menos. Al principio pasaban hasta tres semanas sin que sonaran en mi puerta los tres golpes familiares seguidos de los otros dos. Cuando me visitaba -o cuando muy excepcionalmente iba yo a su casa- era notorio su desinterés por conversar de los temas que hasta en entonces nos habían sido comunes. Se mostraba muy reservado para referirse a los estudios esotéricos que antes tan animadamente solía describir y discutir, y nunca mencionaba a su mujer. Esta se veía terriblemente envejecida desde el momento de la boda hasta el extremo que parecía ser la mayor de la pareja. La decisión se había tornado mucho más marcada en su rostro y una serie de detalles de por sí indescriptibles confluían para darle un aspecto decididamente repulsivo. Esa impresión caló tanto en mí mujer como en mí hijo, por lo que al cabo de poco tiempo dejamos de visitarlos, circunstancia que, según Edward -con su proverbial falta de tacto-, provocaba gran alivio en Asenath. De tanto en tanto, los Derby emprendían algún viaje; por lo general comunicaban que el destino era Europa, pero a veces Edward sugería lugares bastante más lóbregos.

Un año después del matrimonio, la gente rumoreaba acerca de los cambios experimentados por Edward. Sí bien la variación advertida era de orden fundamentalmente psicológicos, las habladurías no pasaban por alto ciertos otros datos de interés. Se decía que en algunas ocasiones Edward adoptaba conductas en absoluto compatibles con su naturaleza para nada robusta. Se decía, por ejemplo que, por más que antes de casarse no sabía conducir, ahora se le veía constantemente entrar y salir de Crowninshield manejando el poderoso Packard de Asenath e introducirse con una envidiable habilidad en el enmarañado tránsito ciudadano. En esos momentos, dejaba la impresión de estar regresando de algún sitio o de disponerse a emprender algún viaje, aunque nadie podía establecer ni el sitio de partida ni el de llegada; la gente sólo podía asegurar que la mayor parte de las veces se le veía transitar por el camino que lleva a Innsmouth.

Estos cambios no cayeron bien. Para la gente, ahora Edward se parecía mucho a su mujer y al viejo Ephraim, al menos en ciertas ocasiones. Otras veces lo veían regresar, muchas horas después de haber salido; con un aspecto ausente y negligentemente tirado sobre el asiento trasero del coche, que era conducido por un chofer especialmente contratado para tal efecto. Quienes le conocían de vieja data reparaban el acentuamiento de la pusilanimidad que desde siempre lo había acompañado. En tanto el rostro de Asenath mostraba un aceleradísimo envejecimiento, el de Edward denotaba una mayor inmadurez, excepto en los pocos momentos en que se teñía con esporádicas manchas de tristeza. Era difícil entenderlo. esa altura, los Derby prácticamente no frecuentaban los ambientes de universitarios desprejuiciados, no tanto porque tales formas de vida los hubiesen hastiados, sino más bien debido a que los estudios e inclinaciones que absorbían su tiempo espantaban incluso a los más osados de aquellos estudiantes.

Durante el tercer año de su matrimonio, Edward comenzó a confiarme muy esporádicamente que sentía temor e insatisfacción. De vez en cuando dejaba caer la enigmática observación de que las cosas habían llegado demasiado lejos” y más a menudo se refería a una cierta necesidad de “recobrar la identidad”. Inicialmente no hice caso de tales manifestaciones, pero como él insistiera, con mucho tacto, me animé a hacerle preguntas, sobre todo porqué no podía apartar de la memoria lo que había oído a la hija de mi amigo sobre la capacidad de Asenath para dominar por hipnosis a sus compañeras de estudios, quienes sostenían que durante los trances sentían que habitaban otro cuerpo desde el que miraban al suyo propio en otro lugar de la habitación. Edward recibía mis inquisiciones con una mezcla de alarma y tranquilidad, pero llegado hasta cierto punto de la confesión, la cerraba prometiéndome que ya más adelante hablaríamos sin ninguna clase de obstáculos.

Poco después falleció el padre del joven Derby y entonces no supe que llegaría el momento en que yo me alegraría de que hubiese abandonado este mundo en aquel momento. Edward se sintió lógicamente afectado por la pérdida, pero dentro de una modalidad que sólo cabría dominar normal. Desde su boda, sólo había visto a su padre unas pocas veces. Asenath se las había ingeniado para que concentrara en ella toda la necesidad de Edward de volcar en alguien los vínculos familiares. La gente comentaba que en realidad poco le había importado la muerte del padre y asociaban la pérdida del afecto filial al aumento de la petulancia que ostentaba sentado ante el volante del auto. Mi amigo sintió una profunda necesidad de mudarse a la vieja casa familiar, pero no pudo convencer a Asenath; quien manifestó obstinadamente sentirse muy a gusto donde estaba.

Los Derby conservaban apenas una amistad, una mujer que también era amiga de mi esposa. Cierta vez le confió que en ocasión de llegar hasta más allá del final de High Street para hacer una visita a los Derby, fue sorprendida al llegar por una de aquellas raudas y ostentas salidas de Edward frente al volante. Se acercó a la puerta tocó el timbre y acudió la horrible criada para anunciarle que Asenath tampoco se encontraba en la casa. Mientras se retiraba, pudo ver el interior de la casa y junto a la biblioteca de Edward alcanzó a divisar fugazmente un rostro con una indecible expresión de dolor y desesperanza. En principio lo confundió con el de Asenath, pese a lo que habitualmente mostraban los rasgos de la mujer de Edward, pero más tarde la amiga de mi esposa no tuvo dudas de que los ojos de aquel rostro eran sin duda alguna los tristes y melancólicos del propio Edward.

Mi amigo aumentó la frecuencia de las visitas y ciertas veces consiguió explayarse sobre algunas de sus enigmáticas afirmaciones. Lo que dijo en esas raras ocasiones no es de fácil credibilidad ni siquiera en Arkham pero la lógica con que volcó entonces las cuestiones esotéricas que lo preocupaban, amenazaban con perturbar el equilibrio mental del espectador más sensato. Se refería a siniestras reuniones en lugares apartados, a fantásticas ruinas en el corazón de Maine, bajo las que se encontraban infinitas escaleras que conducían a abismos indescriptibles, a peculiares ángulos que permitían ingresar a otras dimensiones del tiempo y el espacio, a transmutaciones de la personalidad, a otros mundos, a otros espacios y otros tiempos.

Para afirmar su discurso, de tanto en tanto me aportaba objetos que me producían una total perplejidad. Eran objetos de extraños colores y texturas, con curvas o planos que escandalizarían a cualquier geometría conocida Ante mi curiosidad, sólo se limitaba a informarme que procedían del exterior y que Asenath era quien sabía cómo conseguirlos. Con voz cargada de temor, – solía mencionar al viejo Ephraim Waite, a quien sólo había visto un par de veces en la biblioteca de la Universidad; su miedo giraba en torno a la duda sobre si el viejo se encontraba realmente muerto, en sentido físico y también espiritual.

En determinados momentos interrumpía abruptamente su relato quedando todo él como suspendido en el vacío. Entonces no podía dejar de pensar que la interrupción era obra de Asenath, quien molesta por lo que mi amigo me confesaba, desde la distancia, por algún procedimiento, extraordinario, lo – dejaba sin habla. Y, efectivamente, algo debió haber sospechado, puesto que poco después sus palabras y miradas hacia mí estaban inequívocamente cargadas de una terrible ferocidad Derby también comenzó a tener enormes dificultades para llegar hasta mi casa: aunque declarase ir a otro lugar, al encaminarse hacia casa, una fuerza inexplicable lo paralizaba o su mente quedaba en blanco sin poder discernir ya adonde se dirigía. Sólo llegaba hasta mi casa cuando Asenath se hallaba lejos, “lejos dentro de su propio cuerpo”, como llegó a decir cierta vez. Pero ella siempre terminaba enterándose de los movimientos de Edward, porque para eso tenía a los criados que vigilaban celosamente los desplazamientos de su marido. Lo cual demuestra que nunca consideró necesario adoptar medidas más contundentes para cortar de cuajo nuestra relación.

– Capitulo 4 –

Un día de agosto, recibí un telegrama desde Maine. Hacía unos dos meses que no veía a Edward y sólo sabía de él que se encontraba afuera por cuestiones de negocios. Creía que Asenath lo acompañaba, pero la gente rumoreaba que en la casa, tras las cortinas de las ventanas del primer piso, se entreveía a alguien. Se hablaba también de las compras que realizaban los criados. En el telegrama, el alguacil de Chesuncook me hablaba de un loco con la ropa totalmente destrozada que había salido del bosque, delirando y mencionando mi nombre para pedirme ayuda. Chesuncook es una zona boscosa y abrupta que rodea a Maine. Estuve todo un día traqueteando sobre el lomo de impresionantes barrancos antes de llegar en coche al lugar citado por el alguacil. Encontré a Edward encerrado en una pieza de la granja que hacía las veces de cárcel; estaba mitad delirante, mitad apático. Enseguida me reconoció y me propinó un torrente de palabras cuyo sentido se me escapaba.

-¡Por amor de Dios! ¡El infierno de los shaggoths! Hay que descender de los seis mil escalones…allí está lo abominable… ¡Ia!… ¡Shub-Niggurath!… La figura en el altar… el aullido de quinientos… el encapuchado decía “Kamog, Kamog”… es el nombre secreto de Ephraim en el aquelarre… y yo estaba allí… Asenath prometió que nunca me llevaría… Un instante antes estaba encerrado bajo llave en la biblioteca… y de pronto estaba ella allí con mi cuerpo… el más atroz de los infiernos… el reino de las tinieblas… el cancerbero custodia la puerta… apareció un shaggoth… vi cómo cambiaba de forma… no lo pude aguantar… la mataré si vuelve a enviarme a ese lugar… lo mataré a él… mataré lo que sea… lo haré con mis propias manos…

Más de una hora pasé tratando de tranquilizarlo. Finalmente lo conseguí. Le compré ropa en el pueblo y al día siguiente volvimos a Arkham. El furioso delirio había dado paso a un reconcentrado silencio, pero cuando pasamos por Augusta se puso a mascullar como si la simple vista de una ciudad le despertara recuerdos odiosos. Era evidente que no deseaba volver a su casa y tomando en consideración los delirios que le inspiraba su mujer -estados que atribuí a alguna experiencia hipnótica a que ella lo habría sometido- decidí que lo más conveniente sería no llevarlo a su hogar. Por lo tanto, lo albergué en mi casa por algún tiempo, conciente de los problemas que semejante decisión podría acarrearme con Asenath. Con el tiempo lo ayudaría en los trámites para lograr el divorcio, ya que resultaba indudable que seguir con aquella mujer significaría el suicidio para Edward. Mientras cavilaba acerca de estos temas, mi acompañante dormitaba en el asiento junto a mí mientras yo conducía.

Ya de noche, cuando pasábamos por Portland, Derby volvió a mascullar una violenta ristra de insultos destinados a Asenath. Era innegab1e que la mujer había quebrado el equilibrio nervioso de mi amigo y ahora no conseguía escapar de una red de alucinaciones que tejía en torno ella. En voz baja, con toda claridad, me confió que la circunstancia por la que entonces atravesaba no era más que una dentro de una larga serie. Se lamentaba que llegaría el día en que ya no podría escapar de las redes tendidas por la mujer. Sí ahora lo soltaba, sin duda que se debía a que no le era posible otra cosa, ya que aún era incapaz de apresarlo por demasiado tiempo. Casi constantemente se apoderaba de su cuerpo, luego se iba cualquier parte para participar en singulares ritos, mientras lo dejaba a él encerrado en el piso superior dentro de su cuerpo de mujer. Algunas veces no lograba someterlo por demasiado tiempo y así, de pronto, Edward se reencontraba con su cuerpo en cualquier lugar, por lo general horrible. Fue lo que sucedió cuando lo encontró el alguacil a la vera del denso bosque. Supe que no era la primera vez que se veía obligado a regresar a casa desde tremendas distancias, suplicándole a alguien de buena voluntad que se ocupara de manejar el coche.

Con el transcurso del tiempo, los lapsos por los que se apoderaba de su cuerpo eran mayores. Asenath procuraba ser hombre y esto era lo que explicaba sus intentos con el pobre Edward.  El joven Derby tenía características ideales para sus proyectos: una esclarecida inteligencia en una débil voluntad. Tal vez no estuviese lejano el día en que se apropiaría definitivamente de su cuerpo para transformarse en un gran hechicero, como su padre, mientras que Edward quedaría confinado dentro de aquella carcasa femenina que ni siquiera cabía pensar como humana.

Derby hablaba y mascullaba en el asiento contiguo al mío. En un momento determinado giré la cabeza y lo contemplé: pude verificar entonces una impresión previa que había recibido. Aunque parezca un contrasentido, daba la impresión de encontrarse en mejores condiciones físicas que nunca, lucía más robusto y no se notaba en su cuerpo las flaccideces propias de su indolencia para el cuidado físico. Era como si por primera vez en su holgada existencia estuviese obligado a a1guna actividad física sostenida, circunstancia que me llevó a inferir que Asenath era la responsable de aquel nuevo dinamismo corporal y mental en mi amigo. Sin embargo, en aquellos precisos instantes las manifestaciones de su mente eran más bien deplorables, puesto que de su boca sólo escapaban incoherencias acerca de su mujer, de la magia negra, del viejo Ephraim y de otros dislates. A veces reconocía algunos de los nombres que pronunciaba por la memoria que conservaba de inconsistentes y esporádicas frecuentaciones de volúmenes dedicados a saberes esotéricos. El hilo de la conversación, monólogo mejor dicho, de Edward era discontinuo; cada poco se detenía y parecía como si estuviera tornando aliento para emprender una revelación final y agobiante.

-Dan, Dan, ¿recuerdas sus Ojos feroces, la descuidada barba que nunca encaneció? Una vez me asestó su mirada terrible. Nunca lo olvidaré. Ahora esa mirada está en los ojos de ella. Sé por qué. El viejo encontró en el Necronomicón la fórmula. No sé bien en qué página está, pero cuando lo averigüe podrás leerlo y enterarte. Enterarte de por qué me encuentro en este estado lamentable. Paso de… de… de un cuerpo a Otro y luego a otro… Así nunca morirá… El fuego de la vida… él sabe cómo apagarlo… sabe cómo hacerlo brillar incluso una vez que el cuerpo ha muerto… Si te doy algunas pistas, podrás adivinar… Escúchame Dan… ¿Tienes idea de por qué mi mujer evita escribir con una inclinación de las letras hacia la izquierda? ¿Viste alguna vez algún texto escrito por el viejo Ephraim? ¿Sabes por qué sentí morirme cuando vi el modo en que escribía Asenath? Asenath… ¿existe realmente una persona con ese nombre?… ¿Por qué se dijo que se había encontrado veneno en las vísceras del viejo Ephraim? Nunca oíste los rumores de los Gilman acerca del modo en que gritaba el viejo cuando se volvió loco y Asenath lo recluyó en el acolchado cuarto de la buhardilla, el mismo donde había estado el otro?… Tal vez allí sólo se encontraba encerrada el alma del viejo… ¿Se puede determinar quién encerró a quién? ¿Recuerdas que el viejo buscó durante muchísimo tiempo alguien que tuviese una gran inteligencia muy poca voluntad? ¿Recuerdas cómo maldecía a su hija por no ser varón? ¿Puedes decirme, Daniel Upton, qué siniestro cambio ocurrió en aquella pesadillesca casa en la que el monstruo implacable manejaba a aquella confiada, pusilánime y no del todo humana criatura su antojo’ ¿No se produjo acaso un cambio como el que ahora está ocurriendo conmigo? ¿Sabes por qué ese ser llamado Asenath escribe de manera peculiar cuando nadie la ve, de una manera en que no es posible diferenciar su escritura de la de…?

En ese preciso instante sucedió aquello. La voz de Derby venía haciéndose cada vez más estridente a medida que avanzaba en su monólogo hasta lindar Eón el inminente grito histérico, cuando súbitamente se apagó tras un chasquido en apariencia metálica. Recordé que en mi casa otras veces también se había interrumpido intempestivamente, como obedeciendo Órdenes; no tuve dudas de que alguna poderosa onda mental de Asenath le ordenaba callar. Sin embargo, esta vez la situación se tomaba mucho más horrible. Los rasgos de la cara de Edward se retorcieron hasta volverla prácticamente irreconocible; en tanto su cuerpo era presa de espantosas convulsiones. Era como si todos sus huesos y músculos y nervios se vieran obligados a adoptar violentamente una posición, una tensión, una personalidad diferente.

Me ganó el horror. Sentí un indecible malestar, una aguda repugnancia y mis manos dejaron de sujetar el volante. El ser que tenía junto a mí en el asiento ya no era la del amigo de toda la vida; era una monstruosa criatura que parecía provenir de los espacios siderales e irradiaba desconocidas y malsanas fuerzas.

Durante mi indecisión horrorizada, mi nuevo compañero de viaje me arrebató el volante y me obligó a cambiar de asiento con él. Era noche sin luna y las luces de Portland resplandecían tenuemente a nuestras espaldas, por lo que casi no pude verle el rostro. Percibí el fulgor que se desprendía de sus ojos y comprobé que la gente tenía toda la razón cuando afirmaba que a veces se convertía en un arrogante desatado al mando del volante. No podía creer que el indolente y apocado. Edward Derby estuviera dándome órdenes y demostrando tal petulante soberbia como conductor, precisamente él, quien nunca se atrevía a entablar una discusión y que siempre se mostraba orgulloso de no saber conducir. Pero entonces esa era la situación y en medio de mí desasosiego lo único que me aliviaba era que – toda la escena transcurriese sin que él se decidiera a abrir la boca.

Al pasar por Biddeford y Saco, las luces me permitieron comprobar que mantenía la boca apretada con fuerza y renové mí estremecido horror al reencontrar el fulgor de sus ojos. Pude verificar también algo que había oído; durante esos trances se parecía mucho a su esposa y al viejo Ephraim. Eran desagradables sus actitudes, sus gestos no parecían naturales, Pero lo más perturbador era la clara conciencia deque aquel hombre, a quien toda la vida había conocido como Edward Pickman Derby, no era más que un extraño, una endemoniada presencia proveniente de algún averno sideral.

Al retomar un tramo oscuro de la carretera volvió a hablar con una voz que casi no pude reconocer corno, la de mi amigo. Era mucho más áspera, más cortante y tanto su acento como el énfasis de la pronunciación diferían radicalmente – de los que yo podía recordar. En el fondo de aquella voz subyacía una yeta de -ironía agresiva, también en las antípodas de la pseudoironía desenfadada y algo torpe que Edward solía manejar; ahora se había cargado de algo siniestro, maligno, corrosivo.

-Espero que no te preocupes por el acceso que tuve hace un rato, mi querido Upton -me dijo mi acompañante-. Sabes muy bien como son mis nervios. Te pido disculpas por las molestias que te causo y te agradezco mucho qué me lleves a casa. Te pido que olvides todas la majaderías que haya podido decir acerca de mi mujer y, en general, todos los demás dislates con que te haya abrumado. Son las consecuencias de dedicarme excesivamente a una materia como la mía. Mi filosofía se asienta sobre conceptos y nociones muy extrañas, y cuando la mente no resiste comienza a imaginar toda clase de delirios. Voy a tomarme un prolongado descanso. Es posible que no nos veamos durante algún tiempo. Pero no vayas a pensar que es culpa de Asenath. Tal vez este viaje te resulte incomprensible en muchos de sus aspectos, pero en realidad tiene una explicación sencilla. En los bosques del norte existen unas ruinas pertenecientes a los indios, por lo general piedras, de gran valor para el folklore; Asenath y yo nos hemos dedicado intensivamente a – su estudio. Ha sido un trabajo extenuante que bien puede hacer que uno pierda momentáneamente la lucidez. Cuando llegue a casa mandaré a alguien para que busque el coche. Y, como te decía, me tomaré al menos un mes de vacaciones.

Ignoro si por mi parte llegué a pronuncia? palabra alguna, pues la transmutación de mi amigo me tenía paralizado. Experimentaba una creciente sensación de enfrentar un inexplicable horror cósmico y lo único que me obsesionaba era que aquel viaje terminara de una vez por todas. Derby insistía en no abandonar el volante y con cierto alivio noté la velocidad con que dejábamos atrás Portsmouth y Newbury Port.

Cuando llegamos al cruce donde la carretera principal se desvía para evitar el paso por Innsmouth, tuve miedo de que el conductor optara por aquel lugar infausto. Afortunadamente no lo hizo, con lo que pasamos rápidamente por Rowley y por Ipswich hasta que al fin llegamos a nuestro destino. Era poco antes de la medianoche cuando llegamos a Arkham y vimos cómo la luz en la vieja casa de Crowninshield seguía encendida. Derby se bajó; apresuradamente me volví a mi casa Con una eufórica sensación de alivio. Alivio también me causaba la advertencia de Derby de que pasaría algún tiempo antes de que volviésemos a vemos.

El tiempo que siguió a aquel viaje terrible fue una época de desbocados rumores. La gente decía que ahora se veía a Edward cada vez más en su versión dinámica y petulante y que, por el contrario, casi no se veía nunca a Asenath; Derby sólo me visitó una vez; llegó fugazmente en el coche de Asenath para llevarse unos libros que me había prestado. Me dirigió unas pocas palabras de cortesía, ya que cuando se encontraba en su impostación dinámica y arrogante no tenía qué decirme. En esos momentos tampoco aparecía la característica de los tres golpes en la puerta seguidos por los otros dos. Volvió a ocurrirme lo mismo que la noche en que lo dejé frente a su casa: cuando se retiró sentí un profundo alivio.             

Promediado setiembre, Edward se ausentó por una semana; uno de los más activos integrantes del grupo “vanguardista” de estudiantes dejó caer la hipótesis de que habría ido hasta Nueva York a reunirse con el cabecilla de culto prohibido en Inglaterra. Por mi parte, no podía dejar de pensar en el horrible viaje que hicimos desde Maine. La transmutación que tuve ocasión de presenciar me afectó mucho y no cejaba en el intento de darle una explicación a aquel horrible enigma. –

La gente de los alrededores comenzó a hablar acerca de los lastimeros sollozos que provenían de la vieja casa de Crowninshield. Parecían de mujer y, según algunos, pertenecían a Asenath, quien las escasas veces en que podía vérsela daba la impresión de estar bajo una fuerte represión. Llegó a pensarse en dar cuenta a la policía para que abriera una investigación de los hechos, pero la idea fue abandonada cuando sorpresivamente apareció Asenath en la calle conversando animadamente con un grupo de conocidos a los que pedía disculpas por las molestias que podría haber causado el reciente ataque de histeria que había afectado a un visitante en cuestión, pero la rotunda y convincente presencia de la mujer fue más que suficiente como para aventar todas las suposiciones.

A mediados de octubre, una tarde en mi puerta la sucesión de los tres golpes seguidos por los otros dos. Abrí y me encontré con Edward de los viejos tiempos, al que no veía desde el preciso momento en que experimentó el cambio durante el viaje a Maine. Se le veía tenso, presa de emociones encontradas y mientras yo cerraba la puerta tras él noté como echaba una temerosa mirada a sus espaldas.

Fuimos hasta mi estudio y me pidió un trago para tranquilizarse. Preferí no preguntarle nada y dejé que fuese él quien estableciera los hilos de la conversación. Pasó un rato antes de empezar a monologar con voz sobresaltada. 

-Asenath se fue.- Anoche, mientras los criados estaban ausentes, hablé con ella y le arranqué la promesa de que dejaría de acosarme. Por supuesto que tengo algunas garantías de las que aún no te he hablado. La obligué a que me dejara tranquilo. Se puso furiosa, pero no tuvo más remedio que hacerlo. Puso unas pocas ropas en las maletas y salió para Nueva York. Apenas pudo tomar el expreso de las ocho y veinte para Boston. Ahora todos volverán a murmurar, como siempre, pero me tiene bien sin cuidado. No cuentes a nadie que tuvimos una disputa; será bueno que digas tan sólo que Asenath ha emprendido un largo viaje de estudios. Es probable que se quede a vivir con esos fanáticos. ¡Cómo me gustaría que se quedara en la costa oeste y pidiera el divorcio! Al menos, me prometió que se mantendría alejada de mí y que no me molestaría. No sabes lo horrible que era, Dan… Me robaba el cuerpo… estaba tomando mi lugar… me había convertido en un prisionero. Opté por la pasividad, dejándole llevar la delantera, pero tenía que estar constantemente en guardia. Con mucho cuidado podía lograrlo, ya que ella no es capaz de leer mis pensamientos en detalle. Apenas podía saber que yo estaba elaborando alguna rebelión, pero me salvaba el hecho de que ella creyese que yo era más pusilánime de lo que en realidad soy. Nunca imaginé que podría dominarla… pero me había reservado uno o dos conjuros que afortunadamente funcionaron.

Derby repitió el gesto de la mirada atemorizada por encima del hombro y apuró un generoso trago de Whisky.

-Hoy de mañana eché a esos endemoniados criados. Fue al regresar y protestaron con energía, pero al fin se fueron. Son de Innsmouth y responden incondicionalmente a Asenath. Voy a buscar a los antiguos criados de mi padre, ya que he decidido mudarme a casa de inmediato. Sé que debo parecerte loco, Dan, pero piensa en las historias de Arkham y convendrás conmigo que en ella hay elementos suficientes como para respaldar lo que te he contado… y lo que te contaré, Tú mismo fuiste testigo de una de esas mutaciones. ¿Lo recuerdas? Fue en tu propio coche. En un determinado momento Asenath se apoderó de mí… me expulsó de mi cuerpo. Recuerdo que fue en el preciso instante en que me disponía a contarte qué clase de ser es Asenath. Ahí fue cuando se apoderó de mí y yo me vi súbitamente instalado en mi biblioteca, que los malditos criados cerraban bajo llave y en aquel diabólico cuerpo que ni siquiera es humano. Se trataba de ella, y no de mí, quien te acompañó durante el resto del viaje, ella, como un lobo feroz dentro de mi cuerpo. No pudo escapársete la diferencia.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras proseguía. Por supuesto que había notado el cambio. ¿Cómo no hacerlo? Pero, ¿era verosímil semejante explicación? El monólogo de Edward era incontenible.

-Salvarme, Dan, salvarme era mi único objetivo. Debía hacerlo. El designio de Asenath era apoderarse de mí para siempre en ocasión del día de ‘Todos los Santos. Ese día oficiaban un aquelarre pasando Chesuncook y con el sacrificio ritual yo ya no tendría escapatoria. Quedaría para siempre en manos de ella… ella habría sido para siempre yo y yo habría sido ella. Para el resto de los tiempos. Habría cumplido entonces su sueño de ser un hombre de carne y hueso. Supongo que luego trataría de deshacerse de mí, dando muerte a su ex cuerpo conmigo adentro, tal como lo hizo antes.

Llegado a este punto de su relato, el rostro de Edward fue presa de una descomunal tensión; se inclinó más hacia mí y bajando la voz, casi en un susurro, continuó:

-En el coche se me ocurrió que ella ‘no es Asenath sino el mismísimo viejo Ephraim. En verdad ya antes lo había sospechado, pero en aquel momento tuve la evidencia. Es posible comprobarlo en su caligrafía cuando está desprevenida. A veces escribe largos textos con la misma letra del viejo. Este se refugió en el cuerpo de su hija cuando sintió que iba a morir. Ella fue la única persona a mano con el cerebro adecuado y una personalidad apocada. Se apoderó de su cuerpo de manera permanente, igual que lo que ella pretendió hacer conmigo. Luego envenenó el anciano cuerpo donde había alojado a su hija. ¿Acaso no has visto relucir docenas de veces en los ojos de Asenath los diabólicos ojos del viejo? ¿No has reparado que esa misma mirada aparece en mis ojos cuando ella se apodera de mí?

Derby debió detenerse para retomar aliento. No me atrevía a decir nada. Al cabo de un momento el tonó de su voz volvió a ser normal. Para mí, Edward estaba loco rematado, pero por cierto que no sería yo quien lo empujara a un manicomio. Tal vez todo volviese a la normalidad con el paso del tiempo y la ausencia de Asenath. Era evidente que mi amigo estaba lo suficientemente escaldado como para volver a sus prácticas de ocultismo.

-Con el tiempo te contaré otras cosas que ignoras. Ahora me siento muy cansado. Ya te hablaré sobre los horrores en que me involucré por causa de Asenath, horrores que aún alientan entre nosotros por causa de unos cuantos fanáticos que se encargan de mantenerlos vivos. Hay gente capaz de hacer ciertas cosas que nadie debería hacer. He sido uno de ellos, pero todo eso ya acabó para mí. Si estuviese a mi cargo la biblioteca de Miskatonic, yo mismo reduciría a cenizas el maldito Necronomicón y todos los libros de su estirpe. Pero ahora Asenath ya no podrá apoderarse de mí. Pronto abandonaré esa casa y volveré a mi hogar. Sé que puedo contar contigo. Te he hablado de esos diabólicos criados… en especial de lo que son capaces si la gente insiste en preguntarse acerca del paradero de Asenath. ¿Te das cuenta de que no puedo dar la dirección de ella? Quien quiera indagar podría malinterpretar nuestra separación y sé muy bien que algunos de esos fanáticos tienen ideas y métodos contundentes. Sé que estarás de mi parte si llega a ocurrir algo… incluso si me veo obligado a decirte cosas que te provocarán una gran perturbación….

Casi naturalmente, Edward se quedó en casa aquella noche, alojado en una de las habitaciones de huéspedes; por la mañana parecía mucho más tranquilo. Examinamos sus planes para el regreso al hogar familiar; por mi parte sentía la necesidad de que no perdiera tiempo alguno en la implementación del proyecto. Durante las siguientes semanas nos encontramos muy frecuentemente. En nuestras reuniones no se mencionó casi ninguna cosa extraña; la conversación se concentraba exclusivamente en las tareas de restauración que se practicaban sobre la vieja casa de los Derby y sobre los viajes que planeábamos realizar el próximo verano.

Asenath había desaparecido completamente de nuestras conversaciones; por cierto que el tema desagradaba profundamente a Edward. Mientras tanto, en la ciudad corrían rumores acerca de la singular pareja que vivía en Crowninshield aunque a esa altura esto no significaba novedad alguna. Sin embargo, no me gustó lo que una vez oí decir al banquero de Derby en el club de Miskatonic: que Edward remitía frecuentemente cheques a algunos vecinos de Innsmouth llamados Moses y Abigail Sargent y Eunice Babson. Temí que mi amigo estuviese siendo víctima de un chantaje por parte de los malditos criados. Edward nunca me comunicó nada al respecto.

Yo esperaba con ansiedad la llegada del verano y de las vacaciones para realizar los viajes que habíamos planeado con Edward. Sin embargo, la salud de mi amigo no progresaba con la rapidez deseable. Aun en sus escasos momentos de alegría, subyacían matices de histeria y la sucesión de estados de depresión y aprensión ocupaban buena parte de su día. En diciembre, la casa de los Derby quedó en condiciones de habitarse, pero inexplicablemente Edward demoraba la mudanza.’ Detestaba y temía a la casa de Crowninshield, pero algo misterioso lo retenía a ella. Todos los días recurría a un nuevo pretexto para demorar el traslado de sus cosas a la casa familiar. Cierta vez se lo hice notar y entonces pareció más asustado que de costumbre. El viejo mayordomo de su padre -a quien había ubicado y contratado- llegó a confiarme acerca de los extraños merodeos de Edward por la casa, especialmente por el sótano, de sus malos presentimientos al respecto. Le pregunté si había recibido alguna correspondencia de Asenath, pero el anciano me confirmó que no había visto carta alguna en el correo.

Sería hacia la Navidad cuando una tarde Derby sufrió un ataque mientras se encontraba de visita en mi casa. Yo dirigía la conversación hacia el viaje que proyectába­mos hacer durante el verano cuando, de repente, Derby lanzó un grito y saltó de la silla en que estaba sentado, adquiriendo su rostro un aire de espantoso e irrefrena­ble temor; su expresión reflejaba un pánico y aversión tales como sólo las más infernales pesadillas pueden pro­ducir en una mente sana.

« ¡Mi cerebro! ¡Mi cerebro! ¡Dios mío, Dan! … tira con fuerza… desde la lejanía… golpea… desgarra… esa bruja… ahora mismo… Ephraim… ¡Kamog! ¡Kamog!

El averno de los shaggoths! … ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!

¡El Chivo con las Mil Crías! … La llama… la llama… más allá del cuerpo, más allá de la vida… en las profun­didades de la tierra… ¡Oh, Dios mío! . . . »

Volví a sentarle en la silla y le obligué a beber un vaso de vino, mientras su agitación daba paso a una mortecina apatía. No opuso la menor resistencia, pero sus labios no cesaban de moverse como si estuviera hablándose a sí mismo. Al instante advertí que era a mí a quien trataba de hablar, y pegué el oído a su boca en un intento de captar sus débiles palabras.

«Otra vez, otra vez.., trata de volver a hacerlo.., de­bía suponerlo.., nada puede detener esa fuerza, ni la le­janía, ni los conjuros, ni la muerte… se abalanza una y otra vez, sobre todo por la noche… no puedo escapar… es horrible… ¡ Oh, Dios mío! Dan, si te hicieras una mí­nima idea de lo horrible que es todo esto… »

Luego cayó en una especie de sopor, le coloqué unos almohadones debajo del cuerpo y dejé que el sueño se apoderase de él. No llamé al médico, pues sabía muy bien lo que iba a decir sobre su estado mental y quería dejar obrar a la naturaleza… si es que aún podía albergarse alguna esperanza. Edward se despertó a medianoche y entonces le acosté en el piso de arriba, pero al desper­tarme a la mañana siguiente se había ido ya. Había salido sin hacer mido, y cuando le llamé por teléfono en su casa el mayordomo me dijo que se encontraba dando vueltas por la biblioteca.

La salud de Edward se agravó mucho a partir de aque­lla noche. Ya no venía a visitarme, si bien ahora yo iba a verle todos los días. Siempre me lo encontraba sentado en la biblioteca, con la mirada perdida en el va­cío como si estuviese escuchando algo fuera de lo normal. A veces hablaba razonando, pero siempre sobre temas intrascendentes. La menor mención de su enfermedad, de futuros planes o de Asenath le hacía montar en có­lera. Su mayordomo dijo que sufría espantosos ataques por la noche, en el curso de los cuales llegaba a produ­cirse lesiones.

Tras consultar detenidamente con su médico de ca­becera, su banquero y su abogado, me decidí finalmente a que fuera a verle su médico junto con dos especialistas. A las primeras preguntas que le formularon Edward su­frió unos violentos espasmos que le hicieron digno de la mayor compasión, y aquella misma tarde se lo llevaron forcejeando, en un coche cubierto, al sanatorio de Ark­ham. Hube de hacerme cargo de su curatela y le visitaba dos veces por semana. Sus gritos estridentes, sus pavo­rosos murmullos y su terrible e insaciable repetición de frases como « Tenía que hacerlo… tenía que hacerlo… se apoderará de mí… se apoderará de mí… allá abajo… allá abajo en las tinieblas… ¡Madre! ¡Madre! ¡Dan! ¡Salvadme! … ¡Salvadme! ». Casi me hacían saltar las lágrimas.

Si había posibilidades de que se recuperase es algo que nadie se atrevía a vaticinar, pero en todo caso me esforcé por no perder el optimismo. Si lograba salir de aquélla, Edward iba a necesitar una casa, por lo que mandé trasladar a toda su servidumbre a la mansión de los Derby que, a no dudar, sería el lugar elegido por él de conservar el sano juicio. No supe qué hacer con la finca de Crowninshield, con su ingente mobiliario y to­das aquellas colecciones de las más inexplicables cosas. Así que, de momento, opté por no hacer nada en ella, limitándome a decirles a los criados de Derby que fuesen por allí una vez por semana a limpiar el polvo de las habitaciones principales y a ordenar al encargado de la calefacción que encendiera la caldera en tales días.

La contrariedad definitiva tuvo lugar unas fechas antes de la Candelaria y, para cruel ironía, vino precedida de un falso destello de esperanza. A últimas horas de una ma­ñana de enero, telefonearon del sanatorio para decir que Edward había recobrado repentinamente la razón. Se­gún decían, su memoria se había resentido mucho, pero no cabía duda de que se hallaba en su sano juicio. Na­turalmente, durante algún tiempo debía seguir en obser­vación, pero apenas podían albergarse dudas sobre cuál sería el desenlace. Si todo iba bien, en una semana le darían de alta.

Loco de contento por la noticia que acababan de darme, me dirigí rápidamente al hospital, pero me quedé anonadado al entrar tras una enfermera en la habitación de Edward. El paciente se levantó para saludarme, alar­gándome la mano con una cordial sonrisa, mas al ins­tante advertí que se encontraba en aquel estado extraña­mente sobreexcitado tan opuesto a su natural forma de ser, tenía aquella engreída personalidad que tan indeci­blemente horrible me había parecido y de la que el mismo Edward dijo en cierta ocasión que no era sino el alma intrusa de su mujer. Era exactamente la misma mirada abrasadora —la misma de Asenath y del viejo Ephraim— y la misma expresión firme de la boca, y cuando hablaba pude notar la misma lúgubre y aguda ironía en su voz, aquella profunda ironía que tanto hacía pensar en la inminencia de un mal. De nuevo me encon­traba ante la persona que había conducido mi coche aquella noche cinco meses atrás, la persona que no había vuelto a ver desde aquella breve visita en que olvidó la vieja señal del timbre y suscitó temores harto difusos en mí, y ahora me producía la misma tenebrosa sensa­ción de espantosa demencia e inefable horror cósmico.

Me estuvo hablando en tono afable de los trámites que debía hacer para salir de allí, ante lo cual sólo me quedó asentir a pesar de sus fallos de memoria sobre he­chos bien recientes. Pero me dio la impresión de que le sucedía algo terrible, inexplicable, erróneo y anormal. Aquella criatura encerraba horrores que no podía dis­cernir. Sin duda, estaba en su sano juicio, pero ¿era el mismo Edward Derby que había conocido? De lo con­trario, ¿quién o qué era, y dónde estaba el verdadero Edward? ¿Estaría en libertad o confinado en algún lugar? ¿O quizás habría desaparecido de la faz de la tierra? Se percibía una sensación de abominable sarcas­mo en todo cuanto aquella criatura decía; sus ojos, muy parecidos a los de Asenath, reflejaban una ironía harto desconcertante al aludir a ciertas palabras sobre la libertad ganada años atrás gracias a un confinamiento de lo más estricto. Debí comportarme con suma torpeza, pero lo cierto es que me alegré al salir de allí.

Aquel día y el siguiente no cesé de devanarme los sesos reflexionando sobre el problema. ¿Qué había su­cedido? ¿Qué inteligencia miraba a través de aquellos ojos ajenos a la cara de Edward? Apenas podía pensar en otra cosa que en tan terrible y complejo enigma, hasta el punto de que hube de dejar a un lado mi trabajo cotidiano. Al día siguiente por la mañana llamaron del hospital para decir que el estado del paciente seguía igual, y ya avanzada la tarde estuve a punto de sufrir una crisis nerviosa —un estado pasajero que admito, aunque otros dirán que tiñó de color la visión que tuve después. No tengo nada que decir al respecto, salvo que ninguna locura mía puede llegar a explicar toda la evi­dencia.

– Capitulo 5 –

Fue por la noche —tras aquella segunda tarde— cuando el más espantoso horror se abatió sobre mí, sumiéndome en un pánico atroz y atenazador del que jamás lograré yerme libre. Todo comenzó por una llamada de teléfono al filo de la medianoche. Yo era la única persona le­vantada en toda la casa y, somnoliento, descolgué el auricular que había en la biblioteca. No parecía haber nadie al aparato, y ya estaba a punto ‘de colgar e irme a la cama cuando mi oído creyó captar un tenue sonido al otro extremo de la línea. ¿Sería acaso alguien que tenía grandes dificultades para hablar? Escuché atenta­mente y me pareció oír una especie de chapoteo semilíquido —un «glub… glub… glub… »— que daba ex­trañamente la impresión de evocar una palabra inarticula­da e ininteligible o una sucesión de sílabas entrecortadas. Seguidamente, pregunté « ¿Quién es? », pero por toda res­puesta volví a oír aquel «glub… glub… glub… glub». No me quedó más remedio que suponer se trataba de un ruido automático; pero imaginando que quizá se debiese a que el aparato estaba estropeado y sólo podía escucharse desde él pero no hablar, añadí «No puedo oírle. Cuelgue, por favor, y llame a información». Al instante oí cómo colgaban el auricular al otro extremo del hilo.

Esto, como decía, sería sobre la medianoche poco más o menos. Cuando más tarde se investigó la procedencia de la llamada pudo averiguarse que fue hecha desde la vieja casa de Crowninshield, pese a que aún faltaba media semana hasta el día en que le correspondía a la criada ir por allí. Me limitaré a dar una idea aproxi­mada de lo que se encontró al entrar en’ la casa: una barahúnda en el trastero más recóndito del sótano, hue­llas, tierra, un armario desvalijado apresuradamente, huellas enigmáticas en el teléfono, papel de escribir des­mañadamente utilizado y un detestable hedor que impreg­naba todos los rincones de la casa. Estos idiotas de po­licías se han forjado sus harto manidas teorías y andan tras los criados despedidos, los cuales han desaparecido de la vista ante el actual estado de cosas. La policía ha­bla de una horrible venganza por lo que se les hizo, y dicen que me incluyeron a mí en ella por ser el mejor amigo y consejero de Edward.

¡Serán majaderos! ¿Cómo pueden pensar que esos mamarrachos supieron imitar aquella escritura? ¿Acaso se figuran que fueron ellos los culpables de lo que más tarde sucedería? ¿Pero tan ciegos están que no ven los cambios operados en el cuerpo que fue de Edward? Por lo que a mí se refiere, ahora creo cuanto Edward Derby me dijo. Hay horrores que rebasan los confines mismos de la vida y que ni siquiera sospechamos, y sólo de vez en cuando la maligna curiosidad humana pone a nuestro alcance. Ephraim… Asenath… el diablo los atrapé en sus redes, y ellos acabaron con Edward y ahora tratan de hacer otro tanto conmigo.

¿Acaso tengo garantías de estar a salvo? Esos poderes sobreviven a la vida corpórea. Al día siguiente —por la tarde, tras recuperarme del estado de postración en que me encontraba y lograr ponerme en pie y articular al­gunas palabras coherentemente— fui al manicomio y le maté de varios tiros por el bien de Edward y de la hu­manidad entera, pero ¿cómo estar seguro hasta tanto no le incineren? Conservan el cuerpo para que varios médicos efectúen en él una absurda autopsia, pero sos­tengo que deben incinerarlo. Deben incinerar a aquel que no era Edward Derby cuando le disparé. Me volveré loco si no lo hacen, pues es muy probable que yo sea la siguiente víctima. Pero no me falta coraje, y no dejaré que se apoderen de mi los monstruosos terrores que están continuamente al acecho. Ephraim, Asenath, Ed­ward, ¿quién de los tres vive? Pero a mi no me arre­batarán mi cuerpo… ¡No dejaré que me cambien por ese cadáver acribillado a balazos que hay en el manicomio!

Pero trataré de contar coherentemente el horror final y definitivo. No hablaré de lo que la policía se empeña en ignorar, de las historias que corren sobre ese ser ra­quítico, grotesco y maloliente con el que al menos tres transeúntes que pasaban por High Street se tropezaron al filo de las dos de la madrugada y de las huellas que se han encontrado en ciertos lugares. Sólo diré que se­rían las dos cuando el timbre y la aldaba me desper­taron; timbre y aldaba, los dos, uno detrás de otro y con un repique vacilante, como una sofocada desesperación, y en ambos casos tratando de imitar la antigua señal de Edward de tres llamadas seguidas de otras dos.

Tras despertar de un profundo sueño mi mente se vio sumida en un mar de confusión. Derby en la puerta… ¡y recordaba la vieja contraseña! En su nueva persona­lidad no parecía recordarla… ¿Habría vuelto Edward a su estado normal? ¿Le habrían soltado antes de lo previsto o se habría escapado? Posiblemente, pensé mien­tras me enfundaba en una bata y bajaba aprisa las esca­leras, el hecho de recobrar su identidad le habría produ­cido irritación y delirio, tras lo que le habrían anulado el alta forzándole a emprender una desesperada huida en pos de la libertad. Fuese lo que fuese, volvía a ser mi buen y viejo amigo Edward, ¡claro que podía contar con mi ayuda!

Al abrir la puerta a aquellas tinieblas arqueadas por la sombra de los olmos, una corriente de viento insoporta­blemente fétido casi me hizo rodar por los suelos. Sofo­cado por la náusea que invadió todo mi cuerpo, pude ver en el umbral una figura raquítica y jorobada. Los gol­pes en la puerta eran sin duda de Edward, pero ¿quién era aquel pestilente y canijo mamarracho? ¿Dónde po­dría haberse metido Edward en tan escaso tiempo? El último timbrazo que dio apenas había sonado un se­gundo antes de abrir yo la puerta.

Quien llamaba al timbre llevaba encima un abrigo de Edward, los bajos rozaban el suelo, y las mangas, si bien estaban vueltas, le cubrían por completo las manos. Sobre la cabeza llevaba un sombrero de ala plegada y una bu­fanda de seda negra le ocultaba el rostro. Al dirigirme ha­cia él con paso vacilante, aquella figura emitió un sonido semilíquido semejante al que había oído por teléfono

—«glub… glub… »— y, espetado en la punta de un largo lápiz, me alargó un papel grande, escrito con apre­tujada letra. Aún bajo los efectos de aquel repugnante y extraño hedor, cogí el papel y traté de leerlo bajo la luz de la puerta.

No había la menor duda, aquella era la letra de Edward. Pero ¿por qué habría escrito la nota cuando podía perfectamente llamar al timbre? ¿Y por qué era tan torpe, fea y temblorosa su escritura? Apenas podía des­cifrar nada en aquella semipenumbra, así que retrocedí unos pasos hacia el vestíbulo mientras el raquítico men­sajero me seguía maquinalmente a duras penas, dete­niéndose una vez traspuesto el umbral. El olor que des­pedía aquel extraño personaje era verdaderamente inso­portable y rogué (no en vano, a Dios gracias) para que mi mujer no se despertara y se viese frente a semejante criatura.

Luego, a medida que leía el papel, sentí que mis pier­nas comenzaban a flaquear y mi vista se nublaba por completo. Cuando recobré el sentido me hallaba tendido en el suelo, todavía con aquella endiablada hoja de papel entre las manos, crispadas por el espanto que se había apoderado de mí. He aquí lo que decía:

«Dan, ve al sanatorio y mátalo. ¡Aniquílalo! Ya no es Edward Derby. Asenath se apoderó de mí, pero hace tres meses y medio que está muerta. Mentí al decirte que se había ido. La maté. Me vi obligado a hacerlo. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, pero en aquel momento estábamos solos y me encontraba en mi au­téntico cuerpo. Vi un candelabro y le descargué un fuerte golpe con él en la cabeza. De haber seguido con vida se habría apode­rado definitivamente de mí el día de Todos los Santos.

La enterré en el trastero más recóndito del sótano, bajo unas viejas cajas, y borré todas las huellas. A la mañana siguiente, los criados sospecharon lo que había sucedido, pero son tantos los secretos que esa gente oculta en sus entrañas que no se atrevie­ron a ir a contárselo a la policía. Los despedí, pero sólo Dios sabe qué intentarán hacer, al igual que otros sectarios de su culto.

Por unos instantes pensé que todo iba bien, pero al cabo de un rato sentí como si me desgarrasen el cerebro. Sabía perfectamen­te de qué se trataba, debía haberlo recordado. Un alma como la de Asenath —o la de Ephraim— se separa a medias pero sigue con vida hasta después de la muerte, en tanto dura el cuerpo. Asenath estaba apoderándose de mí —intercambiaba su cuerpo con el mío—, estaba usurpando mi cuerpo al tiempo que me in­troducía en su cadáver enterrado allá en el sótano.

Sabía muy bien lo que me esperaba, por eso perdí el control y tuvieron que encerrarme en el manicomio. Luego lo que me temía sucedió. Me encontré asfixiado por las tinieblas dentro del cadáver putrefacto de Asenath y enterrado en el sótano bajo unas cajas. Ella debía estar ocupando mi cuerpo en el sanatorio para siempre, pues ya había pasado Todos los Santos y el sacri­ficio valdría aun cuando ella no estuviese presente… Ella estaría sana, recuperada y lista para cerner su amenaza sobre el mundo. Estaba desesperado, y pese a todo me las arreglé para escapar de allí.

Me encuentro demasiado débil para intentar hablar —ni si­quiera pude hablar por teléfono—, pero aún me quedan fuerzas para escribir. Confío en que me recuperaré y en que sean escu­chadas las siguientes palabras y recomendación que te hago: mata a ese taimado demonio si valoras en algo la paz y el bienestar del mundo. Y asegúrate de que se incinera el cadáver. Si no lo haces, seguirá viviendo, irá pasando de un cuerpo a otro eterna­mente, y huelga todo comentario sobre qué pueda hacer. No te dejes atrapar por la magia negra, Dan, es algo verdaderamente diabólico. Hasta siempre, has sido un excelente amigo. Cuenta a la policía cualquier patraña que creas que puedan tragarse. No sabes cuánto siento haberte metido en todo esto. A no tardar, espero disfrutar de paz, pues la vida de este monstruo que me atenaza no puede prolongarse mucho más. Espero que esta nota llegue a tus manos. ¡Y mata a ese monstruo! ¡Mátalo!

Tuyo, Ed.»

Sólo al cabo de un buen rato acabé de leer la segunda mitad de tan desconcertante carta, .pues al final del tercer párrafo caí desmayado al suelo. Volví a perder el sen­tido al ver y oler aquello que obstruía el umbral, por donde se filtraba el aire caliente. El mensajero no vol­verá a moverse ni a recobrar la conciencia.

El mayordomo, hombre bastante más duro que yo, no desfalleció ante el espectáculo que se ofreció a su vista en el vestíbulo a la mañana siguiente, sino que llamó a la policía. Cuando llegaron los agentes ya me habían metido en la cama, en la habitación de arriba; pero aquello otro, aquella informe masa, seguía yaciendo allí donde se había desplomado por la noche. Era tal el hedor que despedía que los policías hubieron de taparse la nariz con un pañuelo.

Lo que encontraron a la postre dentro de la extraña y variopinta indumentaria de Edward fue esencialmente, una monstruosidad licuada. Encontraron también unos cuantos huesos… y un cráneo aplastado. Posteriormente y por una prótesis dental que llevaba, pudo identificarse aquel cráneo como el de Asenath.